Tuesday, September 1, 2009

A un "ring" de distancia

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)

Conforme pasaban los años S odiaba cada vez más su trabajo. Sobre todo en tiempo de lluvias. La nausea era de las primeras sensaciones de su día, porque sabía que la rutina ordinaria se vería trastocada por el exceso de trabajo, y que sus compañeros lejos de ponerse las pilas, los muy mulas le dejarían a ella la mayoría de las llamadas. Pese a que se le torciera el hígado, ella atendería una queja tras otra, mientras los holgazanes se iban a desayunar, tardaban horas en el baño o simplemente dejaban sonar el teléfono. “Yo no soy una burócrata” se consolaba y por eso, en un principio, dedicaba sus ratos libres a conocer las otras áreas de CFE para investigar por qué a cada rato se iba la luz, las rutas de las cuadrillas de reparación y su demora, o el des-abasto de materiales del almacén.

Hace un año, por estas fechas, sucedió que las tormentas fueron terribles (o fue también porque ya de plano los transformadores estaban en las últimas), la cuestión es que hubo en la ciudad apagón tras apagón y las llamadas de los reportes aumentaron en número y furia. S en verdad intentó ser paciente con los usuarios. En las primeras horas del día se esmeró en amabilidad, incluso trató de tranquilizarlos con argumentos técnicos, les decía la estadística del número de colonias que habían quedado sin energía, les pasaba la clave de reporte, e incluso el número de la cuadrilla encargada de la zona. Ya para el mediodía se limitó a escucharlos, a dejar que se desahogaran. Así fue recibiendo historias de los daños: desde el que tenía qué acabar un trabajo en la computadora y mandarlo por mail, pasando por la descripción de todos los alimentos que las señoras reportaban se iban a descomponer en el refri, hasta los que tenían familiares enfermos que necesitaban aparatos. El que más le impresionó fue el señor de una restaurancito que con voz quebrada le dio cuenta de los kilos de carne que se le echarían a perder, le impresionó porque lo conocía (ella iba a veces al lugar), y porque fue justo con él, con quien S perdió los estribos. Le dijo, con lenguaje bastante florido, que ella no tenía la culpa, que dejara de estar… llamando.

Ese día terminó en Urgencias del IMSS porque le entró un dolor agudísimo en el estómago, que resultó ser no apendicitis sino una crisis nerviosa. De ahí salió con una cita (programada a 3 meses después), para salud mental. Pero S ya llevaba su plan de sanación. A los pocos días buscó a su amiga que trabajaba en telemarketing y así consiguió un turno para promocionar productos bancarios y ser ella la que atosigara a los usuarios. Era muy buena para cacharlos en sus mentiras: ellos se hacían pasar por personas de servicio, ser de la tercera edad, fingir tos o dejar el teléfono colgado cerca de la bocina de la tele. S no se inmutaba, simplemente pasaba el reporte para que fueran llamados al día siguiente.

Bueno, en una ocasión sí se alteró. Se trataba de un sujeto bastante obstinado que se puso a debatirle sobre su derecho a no ser llamado, ella insistió con saña en el beneficio de tener una tarjeta adicional, entonces él le preguntó a bocajarro “¿cómo estás vestida?”. S colgó asustada, pero no durmió bien pensando en que el sujeto la había derrotado, por ello se decidió a hablarle de nuevo al día siguiente… Al paso de los meses ellos fueron cambiando de temas, hasta que llegó el momento en que decidieron conocerse en persona. Se vieron en un lugar del centro, no tenían ni 20 minutos, cuando se escuchó un trueno espantoso y se fue la luz. No llamaron al 071, simplemente disfrutaron la intimidad de la noche.

(Publicado el 21 de agosto de 2009)

Sunday, August 23, 2009

Córrale o ya no alcanza

(Publicado en Ocio, Público. Milenio, 14 de agosto de 2009)

Contaba un señor de cierta edad que cuando él era adolescente un día se armó un alboroto en su pequeño pueblo. Se propagó el rumor de que en la punta de un cerro cercano, un joven estaba siendo tragado por la tierra, en castigo no sé si por retar a Dios, o peor aún, por desobedecer a sus padres. Todos los habitantes del lugar quisieron ser testigos del suceso, así que se desafanaron como pudieron de sus actividades para ir corriendo al lugar. En el camino su curiosidad era incrementada por quienes ya venían de regreso y narraban lo que habían visto: “ya va por la cintura”, “entre más se intenta jalarlo, más rápido se hunde” “¡córrele antes de que desaparezca!”. El señor que me contó esta historia, dijo que al llegar a la cima no cabía en sí de asombro porque efectivamente presenció algo extraordinario: una tremenda tomadura de pelo, nada más. Conforme la gente llegaba sofocada y descubría la verdad, no les quedaba más que reírse un poco, tomar aire, emprender el regreso y, para no sentirse tan mal, animar a quienes apenas iban para que concluyeran la travesía.

Algo así pensé que podía pasarle a G. Hace varios días, nos confesó su intención de tomarse una foto con el presidente Obama. Primero pensamos que bromeaba, por eso otro comentó que en su grupo semanal de dominó habían pensado en invitarlo a una partidita, no solían incluir a ajenos, pero tratándose de Obama harían la excepción. G se ofendió: “tengo fotos con varios artistas, ¿por qué con él no?”. Bueno, tal vez sea que la visita de los famosos nos pone susceptibles. Como aquella vez que cenábamos unos tacos árabes y a un amigo le entró una llamada de alguien que conocía a alguien (ambos de fiar, gente muy seria) quien trabajaba en el área de seguridad del aeropuerto. Esta persona se enteró de que Madona iría de incógnito a un festival en Puerto Vallarta y aterrizaría, en la mañana del día siguiente, en nuestro bendito y siempre renovado aeropuerto internacional Miguel Hidalgo. Durante un rato estuvimos deliberando si creerlo, pero sobre todo si debíamos avisar al buen P, fanático fiel de la diva y quien hubiera sido feliz con tan sólo mirarla desde medio kilómetro de distancia. Si el rumor era cierto y no le avisábamos, nos odiaría por siempre, así que no tuvimos empacho en despertarlo aunque fuera ya una hora inapropiada.

Ejemplos de ingenuidad colectiva sobran, basta mencionar a quienes han pagado miles de dólares creyendo que compraban la torre Eiffel. Pero no hay peor burla que aquella que proviene de la figura de autoridad. El año pasado, nuestro gobierno difundió que caería una tromba catastrófica. La noticia corrió como polvorín, por cauces insospechados para una ciudad con fama de apática y poco informada. La gran mayoría hizo entonces compras de pánico, suspendió actividades y el anunciado día se encerró a rezar el rosario. Otros poquísimos salimos a disfrutar las vialidades vacías y un cielo maravillosamente soleado. Una querida amiga se quedó con un banquete casi completo, porque fue justo el día que había decidido festejar su cumpleaños por primera vez en grande.

Tengo una hipótesis acerca de por qué los seres humanos somos menos racionales cuando actuamos como colectividad. Se las explicaría con gusto, pero tengo un poco de prisa: sabrán ustedes que por suerte recibí un mail, de un abogado de Burkina Faso quien busca herederos para un misterioso y sin descendencia millonario que acaba de fallecer. Basta con que envíe unos datos bancarios lo más pronto posible y ¡listo, se me acabarán las pobrezas!

Tuesday, August 18, 2009

De México a Nigeria

(Publicado en Ocio, Público, Milenio, 7 de agosto de 2009)

De todos los profes, JM era de los más temidos, no porque tuviera el látigo en la mano, simplemente porque el hombre es tres cuartas partes intelecto y el resto sarcasmo. En serio, al conversar con él, parece no existir su ser físico o emocional, sino únicamente su veloz razonamiento. Afuera del aula, esa personalidad fascinante, incluso encantadora, anima a los egresados a que, en los momentos cruciales de la vida, busquemos su “tutoría”.

En la última ocasión, no tuve tiempo de solicitarle con anticipación la cita, sólo llegué así. Aunque estaba muy ocupado, generosamente dijo que podía dedicarme la hora de comer. Me sorprendieron las nuevas instalaciones del comedor universitario (¿por qué nunca me tocan las comodidades?). El ambiente era el mismo que conocí en mi época y eso me puso aún más de buenas. Una vez que escuché los buenos consejos del profesor J, como postre, decidí provocarlo contándole que había conocido un nigeriano, a quien su sistema legal y religioso le permite tener hasta 4 esposas, en tanto pueda mantenerlas. Le narré también la cara de indignación de casi todas las mujeres occidentales que lo escuchamos (más aún aquella a quien con picardía, le dijo que él aún tenía 3 vacantes). Lo que yo cuestionaba era si tenía cabida el asombro en nuestra realidad: la poligamia es bien vista por el machismo mexicano, con la desventaja de que aquello de la manutención no siempre queda claro.

El profesor JM, con su usual y contundente voz, respondió: “Dile a tu amigo de Nigeria que si quisiera venirse a México, tendría qué aprender algunas reglas. La primera es la consabida diferencia entre la catedral y las capillitas. La segunda es que las señoras deben permanecer debidamente incomunicadas. Te lo ilustro con el caso de un amigo mío, quien solía presumirnos su estrategia. El caballero, conciente de que vivimos en un sistema de castas y aprovechando las bondades de la megalópolis, seleccionaba a sus mujeres de estratos económicos, giros profesionales y colonias distantes. De esta manera podía tener a una colega de la universidad, a una enfermera al norte de la ciudad y a la señora que vendía tortas en el centro.”

“Si el nigeriano quisiera vivir en un lugar pequeño, tampoco tiene mucho de qué preocuparse, puesto que la mejor estrategia de las mexicanas es el silencio, que a la larga les es más redituable. Esto nos lleva a la tercera regla: los errores cuestan. Confiado por la discreción del pueblo donde vivía, un señor tenía a su esposa y a la otra. En una de esas fechas, de por ahí de mayo, cuando la gente suele celebrar a las reproductoras del machismo, el señor fue a la tienda más grande del lugar y le solicitó al propietario dos ejemplares del mueble más costoso, e incluso le pagó para que nunca más vendiera el modelo y así sus señoras tuvieran la exclusividad. Le pidió también que se encargara de las tarjetas de felicitación. El infeliz del mueblero se confundió en el envío y así las mujeres se dieron por enteradas de la situación.” “¡Se le cayó el teatrito!”, interrumpí. “Por eso te digo, los errores cuestan: el compadre tuvo qué darle a la esposa unas buenas vacaciones en Europa, y a la amante un departamento nuevo. Un final feliz para todos”. “No para todos, ¿cómo le fue al de la mueblería?”. “Para todos: después de un tiempo razonable, el incidente quedó olvidado, el hombre volvió a vender y aprendió de su equivocación”, tras decir esto el profesor JM soltó la fuerte carcajada que suele acompañar el fin de la tutoría.