Monday, September 14, 2009

De espaldas al pizarrón

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)


Al menos ya pasó lo peor. Por ahora. Los primeros días de clases. Mi mala memoria no me ayuda a prevenir a que cada semestre me angustiaré de la misma manera. Podrán decir que es perfeccionismo, pero en verdad no lo es, simplemente no puedo concebir la escena de pararme ahí ante el grupo sin la menor idea de qué tratará la clase, por eso hago programas en donde sesión por sesión se establecen los temas. Me pregunto cómo lo hacen los demás. Dicen que ser profesor es una labor solitaria porque está uno ahí con el grupo sin saber si está haciéndolo bien. Además el sistema educativo público, en términos reales no nos evalúa o si lo hace no hay consecuencias. Por eso hay profesores que llegan a improvisar, a sacar sus frustraciones personales,  a extorsionar a los chavos, o que simplemente no van.


La segunda angustia es pueril. Pánico escénico. Me imagino entrando al salón de clases donde alumnos-robot me juzgan y descubren al instante todos mis errores. Con sus preguntas sagaces hacen que mi cerebro busque sin éxito la información en los archivos más recónditos, mientras me lamento por no haber puesto atención o entrado a la clase o leído el libro donde debí aprenderlo. En la pesadilla, yo trato de improvisar, pero ellos no se inmutan, preguntan más y más, hasta que no me queda otra que disculparme y retirarme del aula. Por suerte eso jamás ha ocurrido, en cuanto los veo y nos saludamos, el miedo desaparece. A la larga algunos de ellos serán mis becarios, o mejor aún, colegas y amigos.


La tercera angustia es la peor de todas. Ya en clase, acostumbro a hacer pausas para hacerlos participar, por lo general hago preguntas muy elemental u obvias. No sé si falla mi percepción, pero cada semestre los alumnos saben menos. Lo peor es intentar leer lo que redactan. Antes les pedía trabajos de investigación, no tenía sentido porque ya es práctica común bajar trozos completos de Internet, el famoso copy&paste. Ahora les hago exámenes y no me queda de otra que horrorizarme, no digamos por las faltas de ortografía, sino por la incongruencia y a veces notoria incapacidad de ligar dos ideas. Les parecerá mounstroso lo que voy a decirles: hace ya un rato me di por vencida en cuanto a corregirlos; los califico y punto. Discúlpenme, supera mi capacidad. Sus errores son estructurales, vienen no sólo desde la primaria sino incluso de una ignorancia colectiva.


Lamentablemente me toca estar al final del tubo, en el nivel universitario, soy copartícipe del egreso de profesionistas... de papel. Como la médico que me atendió en el área de urgencias de un hospital según esto nice, la chica no tenía ni idea de cómo explorarme. Me había pasado un taxi encima del pié (quien, por cierto, ignoraba el para qué de las rayas amarillas y creía que al tener el “siga” podía dar vuelta a toda velocidad sin fijarse). La doctora no podía explicarme si tenía un esguince o no, a falta de palabras hacía gestos con las manos ilustrando el tirón que yo había sufrido. Yo me porté como una paciente-robot y con base en preguntas específicas e incisivas logré que admitiera que no sabía y que se fuera a hablarle a otro médico, el cual regresó y, usándome de ejemplo, le dio una lección de cómo hacer la exploración y cuál era el diagnóstico.


Los primeros días del ciclo escolar son para mi siempre así. Para colmo, las noticias me refuerzan la cuarta angustia: que la ignorancia se va convirtiendo en la epidemia del país.

Publicado el 28 de agosto de 2009

Tuesday, September 8, 2009

Lo peor de dos mundos

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)

Tengo una confesión que hacer: me encantan los hombres. En general y en algunos casos todavía más. Amigas queridas, no se ofendan, me la paso re-bien con ustedes, pero con los hombres… Además de la atracción natural, creo que hay otras dos razones. Primera, que lo desconocido resulta siempre atractivo. La segunda, que los hombres suelen ser menos complicados que nosotras, más directos y obvios, a excepción de cuando se está de ligue, hay que decirlo. Por eso entiendo perfectamente a los hombres que gustan de los hombres. Mi gran amigo dice: “soy gay para no aguantar los rodeos, berrinchitos y malas interpretaciones de los hetero; somos mundos distintos, mejor estar con quien te entiende”. Sin duda el mejor amigo de una mujer es el gay; aquella que no tenga uno se pierde de algo muy valioso: una relación de mutua admiración, de ayuda, de intereses comunes (hombres, por ejemplo, podemos hablar de ellos hasta el infinito) ¡y sin ninguna rivalidad!

Hace unos meses fui al norte del país, a visitar a mi prima. A ella sus amigos gay se le habían multiplicado, primero era una pareja, luego se separaron y cada uno se juntó con otro. Las dos nuevas parejas se las arreglaron para entretenerme y mostrarme los atractivos turísticos del lugar, mientras mi prima trabajaba. En las noches nos reuníamos con más amigos de ellos y por eso supe de fantásticas historias gay que darían para escribir todo un libro. Pero la brevedad me obliga, así que sólo podré hablarles de D, quien me impresionó porque llevaba una bufanda de color mostaza hermosísima. Le pregunté a qué se dedicaba, me dijo que básicamente a cuidar a su hija de tres años, pero que en sus ratos libres trataba de vender cosas. No pude disimilar mi sorpresa, ni él las ganas de desahogarse.

D tenía una mejor amiga. Ella no había sido muy agraciada por la naturaleza, ni afortunada para los amores. Como ya se sentía mayorcita, le pidió de favor a D que le hiciera un hijo, mismo que podrían cuidar entre ambos. D pensó que era una gran idea. Aceptó sin sospechar que, cuando ella ya estaba embarazada, recibiría la poco atenta visita de los hermanos de ella para exigirle que le cumpliera a la chica y se casaran, como se debe. Muerto de miedo (por el giro ilícito al que sabía que se dedicaban), D les recordó sus preferencias sexuales, así que ellos le “propusieron” que: si cumplía con las formalidades sociales del matrimonio, D podría seguir con su vida discretamente y ellos les pasarían una pensión que les alcanzaría incluso para los gustos nada baratos de D. Tampoco le pareció mal el acuerdo, hasta que, después de la boda y del parto, la amiga comenzó a exigirle a D que cumpliera sus obligaciones maritales o, de lo contrario, le diría a sus hermanos que no era feliz. Él se defendía diciéndole que no hasta que ella bajara de peso y mejorara su aspecto, porque de plano a él no se le antojaba, pero estas excusas pocas veces funcionaban. El último trato que hicieron, cuando la hija estaba más grandecita, era que D la cuidaría durante el día mientras ella se iba a trabajar (ya para entonces estaba aburrida de la casa y la “pensión” resultó no ser tan grande). En cuanto ella llegaba a casa, D se las ingeniaba para escaparse. A ella le salía lo celosa y era tenaz para perseguirlo y encontrarlo, así tuviera que acudir con su linda familia.

D se veía tan agobiado y su celular no dejaba de sonar. Se fue ya noche, muy borracho. Su teléfono apareció al día siguiente debajo del sofá: misteriosamente D lo había olvidado.

Publicado el 21 de agosto de 2009

Tuesday, September 1, 2009

A un "ring" de distancia

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)

Conforme pasaban los años S odiaba cada vez más su trabajo. Sobre todo en tiempo de lluvias. La nausea era de las primeras sensaciones de su día, porque sabía que la rutina ordinaria se vería trastocada por el exceso de trabajo, y que sus compañeros lejos de ponerse las pilas, los muy mulas le dejarían a ella la mayoría de las llamadas. Pese a que se le torciera el hígado, ella atendería una queja tras otra, mientras los holgazanes se iban a desayunar, tardaban horas en el baño o simplemente dejaban sonar el teléfono. “Yo no soy una burócrata” se consolaba y por eso, en un principio, dedicaba sus ratos libres a conocer las otras áreas de CFE para investigar por qué a cada rato se iba la luz, las rutas de las cuadrillas de reparación y su demora, o el des-abasto de materiales del almacén.

Hace un año, por estas fechas, sucedió que las tormentas fueron terribles (o fue también porque ya de plano los transformadores estaban en las últimas), la cuestión es que hubo en la ciudad apagón tras apagón y las llamadas de los reportes aumentaron en número y furia. S en verdad intentó ser paciente con los usuarios. En las primeras horas del día se esmeró en amabilidad, incluso trató de tranquilizarlos con argumentos técnicos, les decía la estadística del número de colonias que habían quedado sin energía, les pasaba la clave de reporte, e incluso el número de la cuadrilla encargada de la zona. Ya para el mediodía se limitó a escucharlos, a dejar que se desahogaran. Así fue recibiendo historias de los daños: desde el que tenía qué acabar un trabajo en la computadora y mandarlo por mail, pasando por la descripción de todos los alimentos que las señoras reportaban se iban a descomponer en el refri, hasta los que tenían familiares enfermos que necesitaban aparatos. El que más le impresionó fue el señor de una restaurancito que con voz quebrada le dio cuenta de los kilos de carne que se le echarían a perder, le impresionó porque lo conocía (ella iba a veces al lugar), y porque fue justo con él, con quien S perdió los estribos. Le dijo, con lenguaje bastante florido, que ella no tenía la culpa, que dejara de estar… llamando.

Ese día terminó en Urgencias del IMSS porque le entró un dolor agudísimo en el estómago, que resultó ser no apendicitis sino una crisis nerviosa. De ahí salió con una cita (programada a 3 meses después), para salud mental. Pero S ya llevaba su plan de sanación. A los pocos días buscó a su amiga que trabajaba en telemarketing y así consiguió un turno para promocionar productos bancarios y ser ella la que atosigara a los usuarios. Era muy buena para cacharlos en sus mentiras: ellos se hacían pasar por personas de servicio, ser de la tercera edad, fingir tos o dejar el teléfono colgado cerca de la bocina de la tele. S no se inmutaba, simplemente pasaba el reporte para que fueran llamados al día siguiente.

Bueno, en una ocasión sí se alteró. Se trataba de un sujeto bastante obstinado que se puso a debatirle sobre su derecho a no ser llamado, ella insistió con saña en el beneficio de tener una tarjeta adicional, entonces él le preguntó a bocajarro “¿cómo estás vestida?”. S colgó asustada, pero no durmió bien pensando en que el sujeto la había derrotado, por ello se decidió a hablarle de nuevo al día siguiente… Al paso de los meses ellos fueron cambiando de temas, hasta que llegó el momento en que decidieron conocerse en persona. Se vieron en un lugar del centro, no tenían ni 20 minutos, cuando se escuchó un trueno espantoso y se fue la luz. No llamaron al 071, simplemente disfrutaron la intimidad de la noche.

(Publicado el 21 de agosto de 2009)