Monday, September 21, 2009

Septiembre, mes ¿qué?

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)



Pensé que por ser septiembre podría hablar un poco de la patria. No en el sentido aquel de “banderita, banderita, banderita tricolor…” Lo que me pregunté era qué podía significar ahora ser mexicanos, la patria pues. Me quedé en blanco. Sin duda, del mismo color pondría un pez los ojos si le pidieran que definiera “agua”. No pude cambiar de tema, tal vez por el bombardeo publicitario, la selección nacional en su búsqueda de participar del mundial o los continuos spots del presidente (¿quién iba a decir en lo que se convertiría aquel ritual que nos estropeo los primeros de septiembre de nuestra infancia?). O porque olvidando un poco los granadazos michoacanos, gran parte de nosotros iremos a festejar la noche del 15 y haremos gala de algo que sin duda es parte de la identidad nacional: la exuberante y excesiva gastronomía, que a veces parece ser el centro y finalidad de cualquier reunión. Pero, el sentido de “nación” no puede limitarse a un día del año.

No me atrevo a dar una respuesta, pero pienso en quién sí podría tenerla: los que se fueron, aquellos a quienes aquel estribillo de “si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido…” les hace sentido e incluso llorar. Los migrantes, quienes cada que pueden regresan de visita y en una larga travesía llegan a sus pueblos de origen, cargados de maletas de ropa y souvenirs que compraron de a kilo en los outlets  y yardas norteamericanas, lo que reparten a los parientes que se quedaron por acá. ¿Cómo ven al país cuando vuelven los paisanos? Conozco familias que, al venir, parecen no ver al México que los echó (el país que no les dio condiciones de vida o no les ofreció futuro), por el contrario, suelen hablar bien del “progreso” del país, sonreír  cuando ven alguna franquicia transnacional e interpretarlo como una mejora en la calidad de vida. Pero no vienen de vacaciones a visitar la modernidad, lo que buscan es un poco del México que dejaron, los lugares típicos, la música ranchera, una tarde en la plaza del pueblo, y por supuesto, pasar revista a viejos amigos: un país a blanco y negro, de película de Pedro Infante.

En muchos sentidos es irónico que los que se fueron amen y entiendan a la patria más que los que nos quedamos. Porque la primera generación de migrantes acaba no siendo ni de aquí ni de allá y la vida sólo les va a alcanzar para heredarles a los hijos un poco de nostalgia y un español a la larga pocho. Porque no tan fácilmente dejan de cumplir la promesa de mandar una parte de su salario al país, con la esperanza que los se quedaron vivan mejor, o estudien, o se compren una propiedad y todo eso pocas veces ocurre.

Para colmo, ellos migraron a un país cuyos ciudadanos de manera espontánea (no sólo un mes al año) cuelgan banderas por doquier. Además de nacionalistas, los vecinos del Norte presumen ser fraternos, lo que tal vez nuestros connacionales perciban al principio como falso, pero a lo que se van acostumbrando conforme le van viendo los resultados. Es la peor de las ironías, porque, aunque nos digamos lo contrario, somos la sociedad en donde nos timamos unos a otros, en donde un mexicano le cobra a otro una cantidad exorbitante por pasarlo ilegalmente la frontera y lo deja a mitad del desierto ¡de este lado del río Bravo! Un país en donde para ser rico hay que venderle a los pobres a precio de oro en abonitos. Es septiembre y uno de los peores en mucho tiempo, pero si queremos hacer patria… podríamos ensayarle un poquito la autocrítica o mejor aún, a ser solidarios, pero de a neta.

(Publicado el11 de septiembre de 2009) 

Monday, September 14, 2009

De espaldas al pizarrón

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)


Al menos ya pasó lo peor. Por ahora. Los primeros días de clases. Mi mala memoria no me ayuda a prevenir a que cada semestre me angustiaré de la misma manera. Podrán decir que es perfeccionismo, pero en verdad no lo es, simplemente no puedo concebir la escena de pararme ahí ante el grupo sin la menor idea de qué tratará la clase, por eso hago programas en donde sesión por sesión se establecen los temas. Me pregunto cómo lo hacen los demás. Dicen que ser profesor es una labor solitaria porque está uno ahí con el grupo sin saber si está haciéndolo bien. Además el sistema educativo público, en términos reales no nos evalúa o si lo hace no hay consecuencias. Por eso hay profesores que llegan a improvisar, a sacar sus frustraciones personales,  a extorsionar a los chavos, o que simplemente no van.


La segunda angustia es pueril. Pánico escénico. Me imagino entrando al salón de clases donde alumnos-robot me juzgan y descubren al instante todos mis errores. Con sus preguntas sagaces hacen que mi cerebro busque sin éxito la información en los archivos más recónditos, mientras me lamento por no haber puesto atención o entrado a la clase o leído el libro donde debí aprenderlo. En la pesadilla, yo trato de improvisar, pero ellos no se inmutan, preguntan más y más, hasta que no me queda otra que disculparme y retirarme del aula. Por suerte eso jamás ha ocurrido, en cuanto los veo y nos saludamos, el miedo desaparece. A la larga algunos de ellos serán mis becarios, o mejor aún, colegas y amigos.


La tercera angustia es la peor de todas. Ya en clase, acostumbro a hacer pausas para hacerlos participar, por lo general hago preguntas muy elemental u obvias. No sé si falla mi percepción, pero cada semestre los alumnos saben menos. Lo peor es intentar leer lo que redactan. Antes les pedía trabajos de investigación, no tenía sentido porque ya es práctica común bajar trozos completos de Internet, el famoso copy&paste. Ahora les hago exámenes y no me queda de otra que horrorizarme, no digamos por las faltas de ortografía, sino por la incongruencia y a veces notoria incapacidad de ligar dos ideas. Les parecerá mounstroso lo que voy a decirles: hace ya un rato me di por vencida en cuanto a corregirlos; los califico y punto. Discúlpenme, supera mi capacidad. Sus errores son estructurales, vienen no sólo desde la primaria sino incluso de una ignorancia colectiva.


Lamentablemente me toca estar al final del tubo, en el nivel universitario, soy copartícipe del egreso de profesionistas... de papel. Como la médico que me atendió en el área de urgencias de un hospital según esto nice, la chica no tenía ni idea de cómo explorarme. Me había pasado un taxi encima del pié (quien, por cierto, ignoraba el para qué de las rayas amarillas y creía que al tener el “siga” podía dar vuelta a toda velocidad sin fijarse). La doctora no podía explicarme si tenía un esguince o no, a falta de palabras hacía gestos con las manos ilustrando el tirón que yo había sufrido. Yo me porté como una paciente-robot y con base en preguntas específicas e incisivas logré que admitiera que no sabía y que se fuera a hablarle a otro médico, el cual regresó y, usándome de ejemplo, le dio una lección de cómo hacer la exploración y cuál era el diagnóstico.


Los primeros días del ciclo escolar son para mi siempre así. Para colmo, las noticias me refuerzan la cuarta angustia: que la ignorancia se va convirtiendo en la epidemia del país.

Publicado el 28 de agosto de 2009

Tuesday, September 8, 2009

Lo peor de dos mundos

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)

Tengo una confesión que hacer: me encantan los hombres. En general y en algunos casos todavía más. Amigas queridas, no se ofendan, me la paso re-bien con ustedes, pero con los hombres… Además de la atracción natural, creo que hay otras dos razones. Primera, que lo desconocido resulta siempre atractivo. La segunda, que los hombres suelen ser menos complicados que nosotras, más directos y obvios, a excepción de cuando se está de ligue, hay que decirlo. Por eso entiendo perfectamente a los hombres que gustan de los hombres. Mi gran amigo dice: “soy gay para no aguantar los rodeos, berrinchitos y malas interpretaciones de los hetero; somos mundos distintos, mejor estar con quien te entiende”. Sin duda el mejor amigo de una mujer es el gay; aquella que no tenga uno se pierde de algo muy valioso: una relación de mutua admiración, de ayuda, de intereses comunes (hombres, por ejemplo, podemos hablar de ellos hasta el infinito) ¡y sin ninguna rivalidad!

Hace unos meses fui al norte del país, a visitar a mi prima. A ella sus amigos gay se le habían multiplicado, primero era una pareja, luego se separaron y cada uno se juntó con otro. Las dos nuevas parejas se las arreglaron para entretenerme y mostrarme los atractivos turísticos del lugar, mientras mi prima trabajaba. En las noches nos reuníamos con más amigos de ellos y por eso supe de fantásticas historias gay que darían para escribir todo un libro. Pero la brevedad me obliga, así que sólo podré hablarles de D, quien me impresionó porque llevaba una bufanda de color mostaza hermosísima. Le pregunté a qué se dedicaba, me dijo que básicamente a cuidar a su hija de tres años, pero que en sus ratos libres trataba de vender cosas. No pude disimilar mi sorpresa, ni él las ganas de desahogarse.

D tenía una mejor amiga. Ella no había sido muy agraciada por la naturaleza, ni afortunada para los amores. Como ya se sentía mayorcita, le pidió de favor a D que le hiciera un hijo, mismo que podrían cuidar entre ambos. D pensó que era una gran idea. Aceptó sin sospechar que, cuando ella ya estaba embarazada, recibiría la poco atenta visita de los hermanos de ella para exigirle que le cumpliera a la chica y se casaran, como se debe. Muerto de miedo (por el giro ilícito al que sabía que se dedicaban), D les recordó sus preferencias sexuales, así que ellos le “propusieron” que: si cumplía con las formalidades sociales del matrimonio, D podría seguir con su vida discretamente y ellos les pasarían una pensión que les alcanzaría incluso para los gustos nada baratos de D. Tampoco le pareció mal el acuerdo, hasta que, después de la boda y del parto, la amiga comenzó a exigirle a D que cumpliera sus obligaciones maritales o, de lo contrario, le diría a sus hermanos que no era feliz. Él se defendía diciéndole que no hasta que ella bajara de peso y mejorara su aspecto, porque de plano a él no se le antojaba, pero estas excusas pocas veces funcionaban. El último trato que hicieron, cuando la hija estaba más grandecita, era que D la cuidaría durante el día mientras ella se iba a trabajar (ya para entonces estaba aburrida de la casa y la “pensión” resultó no ser tan grande). En cuanto ella llegaba a casa, D se las ingeniaba para escaparse. A ella le salía lo celosa y era tenaz para perseguirlo y encontrarlo, así tuviera que acudir con su linda familia.

D se veía tan agobiado y su celular no dejaba de sonar. Se fue ya noche, muy borracho. Su teléfono apareció al día siguiente debajo del sofá: misteriosamente D lo había olvidado.

Publicado el 21 de agosto de 2009