Saturday, October 17, 2009

Con M de “maceta”

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)

Podría decirles que esta anécdota tiene fines didácticos o una moraleja sobre prejuicios, cobardía o valores. Pues no. La memoria es caprichosa y lo mismo borra o esconde archivos indiscriminadamente, que saca a colación sucesos antiguos. Así yo esta semana estuve pensando en alguien que conocí cuando estaba en la facultad.

Se presentó en la ciudad Las palabras andantes de Eduardo Galeano, asistí y me causó tal entusiasmo que compré ahí mismo el libro e hice la larga fila para conseguir el autógrafo del uruguayo. Ahí en la fila comencé a intercambiar sonrisas con un chico que llevaba una gorrita y una pinta de intelectual-interesante (distinto al intelectual-hippie). Conversamos de diversos temas y mi interés por él creció aún más cuando me dijo que era corresponsal en Jalisco de un famoso diario de circulación nacional. Estamos hablando de hace más de 15 años, la vida cultural y mediática era otra, no había Internet ni celulares, así que sólo pudimos intercambiar teléfonos; en su caso, los de la oficina del periódico.

Lo que a mi edad actual considero una historia como miles, sobre personas que se conocen y procuran entablar una relación, en ese entonces me pareció de lo más fantástico. Sobre todo el día que recibí en mi trabajo un fax que él me enviaba con el dibujo de una maceta con florecitas, aludiendo a algo que yo le había comentado. Los faxes y algunas llamadas iban y venían. No pasó mucho tiempo para que acordáramos vernos de nuevo, nos dimos cita en el área de revistas del Sanborn’s Vallarta (clásico de clásicos por entonces). De momento, nerviosa y distraída como siempre, no daba con el sujeto, mas él sí dio conmigo y entonces me llevé una tremenda sorpresa: en lugar de la gorrita tenía una cabellera semi-rizada y absolutamente esponjada que prácticamente duplicaba la circunferencia de su cabeza. Mi mente no pudo procesar tal look y sin quererlo lo cambié de la clasificación de intelectual-interesante a intelectual… no, la verdad es que no encontré calificativos.

Hubiera sido tan simple decirle la verdad, incluso nos hubiéramos reído. En cambio, me porté como el estereotipo odioso, de mujeres que “prenden el boiler y no se bañan” (perdonen la ordinaria expresión). El chico reforzó sus esfuerzos, vía fax e invitaciones, que yo aceptaba únicamente si era a lugares con poca luz o poca concurrencia. No quería encontrarme a nadie, pero sabemos que eso es poco menos que imposible en esta ciudad, así que no faltó el día en que, estando con él, me topara con mis compañeros de la facultad. Con su sadismo acostumbrado estos sujetos no dejaron pasar el suceso y lo apodaron “cabeza de micrófono”.  Pero no viene de ahí la M. Un día pasó por mí a casa y me dio una macetita con una planta muy mona. Me gusto el detalle (por original), pero no lo disfruté ya que sentía en la espalda la mirada severa de mi madre y hermano. Éste último se regodeó por algún tiempo con la historia del Macetero, añadiendo el detalle de que con mi mamá estaba una tía y ambas se asustaron tanto de verlo que hicieron un gesto semejante al famoso grito de Munch.

Yo era joven e inmadura. Ahora ya no me fijo en el cabello, sino en el dedo anular de la mano izquierda (que no haya rastro de argolla) o si trabajan y les gusta hacerlo... quién sabe si a la larga esos detalles también me parezcan irrelevantes.

Publicado en el diario el 25 de septiembre de 2009

Monday, September 28, 2009

¡A quemar! Se ha dicho

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)



La frontera entre realidad y literatura es tan difusa como la del mar y la playa. Fue eso lo que metió en problemas a mi amigo V. Eso y su talento nato.

Conocí a V en un taller de literatura. En menos de dos sesiones nos había cautivado con sus narraciones frescas, divertidas y de finales sorpresivos. El no vive en Guadalajara, tal vez por eso disfrutaba yo más sus cuentos, porque me llevaban a una realidad más campirana, es decir, con menos claxon y más espacio. También era por su tono de voz, típico de su región, que le ponía un sabor adicional a la lectura en voz alta de sus textos. Desde que me salí del taller, mi contacto con V ha sido esporádico. Pero un día recibí una llamada suya, el hombre estaba bastante alarmado porque había recibido un citatorio para comparecer ante la autoridad de su pueblo. “¿Te acuerdas de que hace tiempo te dije que había escrito un cuento que me habían cuestionado en el taller? Ese cuento habla de una señora que estaba muy frustrada porque su marido no la atendía bien y pues dice algunas frases medias fuertes. Y bueno, estando ahí en el pueblo con unos amigos tomándonos unas cervezas, se me ocurrió leérselos y pues uno de los pelados se enojó porque dijo que eso no era un cuento, que estaba yo ventilando su vida y la de su mujer. El amigo éste ya hizo un escándalo por aquí, con la señora, con su familia, con todo el mundo. Me dijo que me iba a demandar por difamación y pues por eso me llegó el citatorio”. Me imaginé a V compareciendo ante un feroz tribunal, haciendo poéticas disertaciones sobre arte y realidad. Lo que hubiera sido un lindo cuento sobre V y sus paisanos, tal vez en la realidad no hubiera sido tan agradable, por eso me alegré de que sus acusadores no se presentaran a la audiencia y todo terminara en el consejo del juez a V de que fuera más cuidadoso en lo sucesivo.

Literatura y realidad son dos competidores insaciables, se juegan a las carreritas en inverosimilitud pero también en tiempo. ¿Quién imita a quién? La ciencia ficción suele resultar, a la larga, aterradoramente profética. A mi me encanta este binomio, por ello me alegró saber que este mes tendríamos en Guadalajara un big-read, que estaríamos conmemorando a Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Me alegró más cuando por suerte  me regalaron el libro, y éste consiguió atraparme (desvelarme) durante los días siguientes. Si bien, Bradbury no consideró la existencia de las computadoras y el Internet, describe una realidad aterradora pero factible: un mundo con tal exceso de información, tecnología mediática y velocidad que los libros se vuelven innecesarios. También socialmente indeseables, porque despiertan conciencias y de ahí a la subversión hay un paso. Por eso hay que quemarlos y son los bomberos quien lo hace (en una ciudad a prueba de incendios, perdía sentido su misión y encontraron una nueva). Los zombis de una sociedad así, lamentablemente no se me parecen tan distintos de los que puedo ver en las calles, tampoco el desdén por el conocimiento o el imperio de su majestad el raiting. En lo que temo que tal vez la realidad pueda ganarle a Bradbury es algo peor que el régimen de absoluto control que vigila a los ciudadanos. Tal vez influida por el México contemporáneo, le temería más a un futuro eternamente anárquico. Ya veremos quién vence si la ficción o la realidad… En tanto, disfrutemos del big read. Por si las dudas, conjuremos el futuro rescatando alguno de los ejemplares olvidados del librero y quememos, pero algunas horas de tedio.



Publicado en el diario el 18 de septiembre de 2009 

Monday, September 21, 2009

Septiembre, mes ¿qué?

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)



Pensé que por ser septiembre podría hablar un poco de la patria. No en el sentido aquel de “banderita, banderita, banderita tricolor…” Lo que me pregunté era qué podía significar ahora ser mexicanos, la patria pues. Me quedé en blanco. Sin duda, del mismo color pondría un pez los ojos si le pidieran que definiera “agua”. No pude cambiar de tema, tal vez por el bombardeo publicitario, la selección nacional en su búsqueda de participar del mundial o los continuos spots del presidente (¿quién iba a decir en lo que se convertiría aquel ritual que nos estropeo los primeros de septiembre de nuestra infancia?). O porque olvidando un poco los granadazos michoacanos, gran parte de nosotros iremos a festejar la noche del 15 y haremos gala de algo que sin duda es parte de la identidad nacional: la exuberante y excesiva gastronomía, que a veces parece ser el centro y finalidad de cualquier reunión. Pero, el sentido de “nación” no puede limitarse a un día del año.

No me atrevo a dar una respuesta, pero pienso en quién sí podría tenerla: los que se fueron, aquellos a quienes aquel estribillo de “si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido…” les hace sentido e incluso llorar. Los migrantes, quienes cada que pueden regresan de visita y en una larga travesía llegan a sus pueblos de origen, cargados de maletas de ropa y souvenirs que compraron de a kilo en los outlets  y yardas norteamericanas, lo que reparten a los parientes que se quedaron por acá. ¿Cómo ven al país cuando vuelven los paisanos? Conozco familias que, al venir, parecen no ver al México que los echó (el país que no les dio condiciones de vida o no les ofreció futuro), por el contrario, suelen hablar bien del “progreso” del país, sonreír  cuando ven alguna franquicia transnacional e interpretarlo como una mejora en la calidad de vida. Pero no vienen de vacaciones a visitar la modernidad, lo que buscan es un poco del México que dejaron, los lugares típicos, la música ranchera, una tarde en la plaza del pueblo, y por supuesto, pasar revista a viejos amigos: un país a blanco y negro, de película de Pedro Infante.

En muchos sentidos es irónico que los que se fueron amen y entiendan a la patria más que los que nos quedamos. Porque la primera generación de migrantes acaba no siendo ni de aquí ni de allá y la vida sólo les va a alcanzar para heredarles a los hijos un poco de nostalgia y un español a la larga pocho. Porque no tan fácilmente dejan de cumplir la promesa de mandar una parte de su salario al país, con la esperanza que los se quedaron vivan mejor, o estudien, o se compren una propiedad y todo eso pocas veces ocurre.

Para colmo, ellos migraron a un país cuyos ciudadanos de manera espontánea (no sólo un mes al año) cuelgan banderas por doquier. Además de nacionalistas, los vecinos del Norte presumen ser fraternos, lo que tal vez nuestros connacionales perciban al principio como falso, pero a lo que se van acostumbrando conforme le van viendo los resultados. Es la peor de las ironías, porque, aunque nos digamos lo contrario, somos la sociedad en donde nos timamos unos a otros, en donde un mexicano le cobra a otro una cantidad exorbitante por pasarlo ilegalmente la frontera y lo deja a mitad del desierto ¡de este lado del río Bravo! Un país en donde para ser rico hay que venderle a los pobres a precio de oro en abonitos. Es septiembre y uno de los peores en mucho tiempo, pero si queremos hacer patria… podríamos ensayarle un poquito la autocrítica o mejor aún, a ser solidarios, pero de a neta.

(Publicado el11 de septiembre de 2009)