Tuesday, October 20, 2009

El cuadro de las dos F

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)

En el stand de una revista cultural de una feria de libros, me dieron una publicidad tan graciosa que la conservé por algún tiempo, lo pegué en el espejo de mi habitación. Era una imagen de Frida Kahlo, que decia “sufro sufro sufro sufro sufro…” hasta el final de la impresión. Cada mañana la veía y me volvía a reír. Hasta ese momento a mi me caía muy gorda la Frida; lamentaba que la publicidad la hubiera convertido en el ícono de las artistas plásticas mexicanas. Lo poco que conocía de su obra eran básicamente autorretratos.

Hace unas semanas un par de sujetos, en diferentes contextos y en un periodo muy corto, me dijeron que yo me parecía a mucho a FK. El primero fue alguien muy cercano, me lo dijo en un momento de mucha emotividad, por lo que no me atreví a chistar. El segundo fue en la calle mientras esperaba un taxi, era el vigilante del lugar: “Oiga, usted se parece mucho a Frida Kahlo; supongo que se lo dicen todo el tiempo, ¿no?”. Esa noche me miré con detenimiento en el espejo. En apariencia no encontré mayores similitudes que las que podría tener cualquier mexicana. Sí había algo, por desgracia, ligeramente en común: achaques que vengo arrastrando de accidentes automovilísticos del pasado por los que a veces sufro-sufro-sufro. Por esa razón, me dirigí al librero y saqué de ahí el libro de las Escrituras de Frida. Tenía este ejemplar por la única razón de que llevaba el autógrafo de su compiladora: doña Raquel Tibol, a quien tuve la fortuna de conocer, y de quien escuché inspiradores consejos y algunos regaños también. Me dispuse a leer la obra porque me preguntaba si la vida de F era tan excepcional o si debía su fama a que ejemplificaba una constante de la mujer mexicana: el sufrimiento y la abnegación.

Gracias a mi ignorancia/aversión por la vida de la pintora, disfruté mucho los escritos en orden cronológico de F (la mayoría eran cartas), como si tuviera ante mí una intrigante novela.  Lo primero que me sorprendió fue no encontrar en ella la vocación de autoflagelación esperada. Por el contrario, F era tremendamente simpática, dicharachera, cálida y amorosa. Un poco de más, incluso. Lejos del chantaje sórdido, que podría esperarse en torno a los sucesos trágicos de su vida, es al respecto abierta y divertida. Lo que le pasó a la mujer no fue poca cosa: las secuelas de un accidente atroz a los 18 años, abortos, múltiples operaciones, la relación con el difícil Diego R, las infidelidades de éste (la más escandalosa con la hermana de F), la falta de reconocimiento y apoyo como artista en el país y las penurias económicas. Respecto a esto último, ahora creo comprender por qué tantos autorretratos: sus amigos le encargaban más, en parte para apoyarla en dineros.

En otras palabras, la vida de F es algo así como la magnificación de mi historia y la de millones de mexicanas. El talento nato y realización como profesionista es de entrada vulnerable, debido a las creencias, sistema social, problemas de autoestima, discriminación (abierta o sutil), etc. De tal forma que en mucho dependemos de la suerte. Tendemos también a las relaciones amorosas en las que vivimos a la sombra de los hombres y supeditamos a ellos nuestros planes, ideales, economía y en general nuestro ser, de una manera a ratos irracional y absoluta, pero lamentablemente bien vista por los otros. No es una cuestión de sufrimiento per se, sino de fragilidad, entorno adverso e ineludibles responsabilidades que cansan tanto... 


Publicado en el diario el 2 de octubre de 2009

Saturday, October 17, 2009

Con M de “maceta”

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)

Podría decirles que esta anécdota tiene fines didácticos o una moraleja sobre prejuicios, cobardía o valores. Pues no. La memoria es caprichosa y lo mismo borra o esconde archivos indiscriminadamente, que saca a colación sucesos antiguos. Así yo esta semana estuve pensando en alguien que conocí cuando estaba en la facultad.

Se presentó en la ciudad Las palabras andantes de Eduardo Galeano, asistí y me causó tal entusiasmo que compré ahí mismo el libro e hice la larga fila para conseguir el autógrafo del uruguayo. Ahí en la fila comencé a intercambiar sonrisas con un chico que llevaba una gorrita y una pinta de intelectual-interesante (distinto al intelectual-hippie). Conversamos de diversos temas y mi interés por él creció aún más cuando me dijo que era corresponsal en Jalisco de un famoso diario de circulación nacional. Estamos hablando de hace más de 15 años, la vida cultural y mediática era otra, no había Internet ni celulares, así que sólo pudimos intercambiar teléfonos; en su caso, los de la oficina del periódico.

Lo que a mi edad actual considero una historia como miles, sobre personas que se conocen y procuran entablar una relación, en ese entonces me pareció de lo más fantástico. Sobre todo el día que recibí en mi trabajo un fax que él me enviaba con el dibujo de una maceta con florecitas, aludiendo a algo que yo le había comentado. Los faxes y algunas llamadas iban y venían. No pasó mucho tiempo para que acordáramos vernos de nuevo, nos dimos cita en el área de revistas del Sanborn’s Vallarta (clásico de clásicos por entonces). De momento, nerviosa y distraída como siempre, no daba con el sujeto, mas él sí dio conmigo y entonces me llevé una tremenda sorpresa: en lugar de la gorrita tenía una cabellera semi-rizada y absolutamente esponjada que prácticamente duplicaba la circunferencia de su cabeza. Mi mente no pudo procesar tal look y sin quererlo lo cambié de la clasificación de intelectual-interesante a intelectual… no, la verdad es que no encontré calificativos.

Hubiera sido tan simple decirle la verdad, incluso nos hubiéramos reído. En cambio, me porté como el estereotipo odioso, de mujeres que “prenden el boiler y no se bañan” (perdonen la ordinaria expresión). El chico reforzó sus esfuerzos, vía fax e invitaciones, que yo aceptaba únicamente si era a lugares con poca luz o poca concurrencia. No quería encontrarme a nadie, pero sabemos que eso es poco menos que imposible en esta ciudad, así que no faltó el día en que, estando con él, me topara con mis compañeros de la facultad. Con su sadismo acostumbrado estos sujetos no dejaron pasar el suceso y lo apodaron “cabeza de micrófono”.  Pero no viene de ahí la M. Un día pasó por mí a casa y me dio una macetita con una planta muy mona. Me gusto el detalle (por original), pero no lo disfruté ya que sentía en la espalda la mirada severa de mi madre y hermano. Éste último se regodeó por algún tiempo con la historia del Macetero, añadiendo el detalle de que con mi mamá estaba una tía y ambas se asustaron tanto de verlo que hicieron un gesto semejante al famoso grito de Munch.

Yo era joven e inmadura. Ahora ya no me fijo en el cabello, sino en el dedo anular de la mano izquierda (que no haya rastro de argolla) o si trabajan y les gusta hacerlo... quién sabe si a la larga esos detalles también me parezcan irrelevantes.

Publicado en el diario el 25 de septiembre de 2009

Monday, September 28, 2009

¡A quemar! Se ha dicho

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)



La frontera entre realidad y literatura es tan difusa como la del mar y la playa. Fue eso lo que metió en problemas a mi amigo V. Eso y su talento nato.

Conocí a V en un taller de literatura. En menos de dos sesiones nos había cautivado con sus narraciones frescas, divertidas y de finales sorpresivos. El no vive en Guadalajara, tal vez por eso disfrutaba yo más sus cuentos, porque me llevaban a una realidad más campirana, es decir, con menos claxon y más espacio. También era por su tono de voz, típico de su región, que le ponía un sabor adicional a la lectura en voz alta de sus textos. Desde que me salí del taller, mi contacto con V ha sido esporádico. Pero un día recibí una llamada suya, el hombre estaba bastante alarmado porque había recibido un citatorio para comparecer ante la autoridad de su pueblo. “¿Te acuerdas de que hace tiempo te dije que había escrito un cuento que me habían cuestionado en el taller? Ese cuento habla de una señora que estaba muy frustrada porque su marido no la atendía bien y pues dice algunas frases medias fuertes. Y bueno, estando ahí en el pueblo con unos amigos tomándonos unas cervezas, se me ocurrió leérselos y pues uno de los pelados se enojó porque dijo que eso no era un cuento, que estaba yo ventilando su vida y la de su mujer. El amigo éste ya hizo un escándalo por aquí, con la señora, con su familia, con todo el mundo. Me dijo que me iba a demandar por difamación y pues por eso me llegó el citatorio”. Me imaginé a V compareciendo ante un feroz tribunal, haciendo poéticas disertaciones sobre arte y realidad. Lo que hubiera sido un lindo cuento sobre V y sus paisanos, tal vez en la realidad no hubiera sido tan agradable, por eso me alegré de que sus acusadores no se presentaran a la audiencia y todo terminara en el consejo del juez a V de que fuera más cuidadoso en lo sucesivo.

Literatura y realidad son dos competidores insaciables, se juegan a las carreritas en inverosimilitud pero también en tiempo. ¿Quién imita a quién? La ciencia ficción suele resultar, a la larga, aterradoramente profética. A mi me encanta este binomio, por ello me alegró saber que este mes tendríamos en Guadalajara un big-read, que estaríamos conmemorando a Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Me alegró más cuando por suerte  me regalaron el libro, y éste consiguió atraparme (desvelarme) durante los días siguientes. Si bien, Bradbury no consideró la existencia de las computadoras y el Internet, describe una realidad aterradora pero factible: un mundo con tal exceso de información, tecnología mediática y velocidad que los libros se vuelven innecesarios. También socialmente indeseables, porque despiertan conciencias y de ahí a la subversión hay un paso. Por eso hay que quemarlos y son los bomberos quien lo hace (en una ciudad a prueba de incendios, perdía sentido su misión y encontraron una nueva). Los zombis de una sociedad así, lamentablemente no se me parecen tan distintos de los que puedo ver en las calles, tampoco el desdén por el conocimiento o el imperio de su majestad el raiting. En lo que temo que tal vez la realidad pueda ganarle a Bradbury es algo peor que el régimen de absoluto control que vigila a los ciudadanos. Tal vez influida por el México contemporáneo, le temería más a un futuro eternamente anárquico. Ya veremos quién vence si la ficción o la realidad… En tanto, disfrutemos del big read. Por si las dudas, conjuremos el futuro rescatando alguno de los ejemplares olvidados del librero y quememos, pero algunas horas de tedio.



Publicado en el diario el 18 de septiembre de 2009