Friday, December 18, 2009

Los files de la FIL

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)

No sólo es el frío matutino y el sol de un brillante intenso. O la gripa y tos, aunque creo que eso ya no tiene relación con la estación del año sino con la ciudad misma y las epidemias de las que pocas familias se han salvado. Pero eso no es suficiente para hacerme sentir plenamente en la última semana de noviembre, más bien es la víspera de la FIL.

A todo pueblo se le llega su fiestecita. Para muchos habitantes de este orbe, más que las fiestas de octubre, la Feria Internacional del Libro es el evento del año. Así pues, puede jurar que desde ahora varios cientos de personas (universitarios, libreros, comunicadores, etc.) están ya exhaustos por los preparativos y logística y tienen ya varias semanas eludiendo compromisos personales y su correspondencia electrónica en aras del macro-evento. Ya recuperarán el aliento de por ahí de la segunda semana de diciembre y nos contarán sus experiencias… porque cada quien vive la FIL de manera diferente.

Conozco alguien cuyo cumpleaños tiene lugar en estos días y se queja amargamente porque interfiere con sus festejos: “Justo el sábado que quiero celebrar es la inauguración. Entonces sucede que o no llega nadie, o llegan tarde y llevan amigos suyos que se encontraron en la expo y que yo no había visto nunca en mi vida”. Este cuate debería ver el lado positivo del asunto: seguro le llevan por regalo muchos libros.

Como buenos tapatíos, el asunto tiene mucho qué ver con sociabilizar. De hecho, en mi interior llevo preparada la lista de la gente con la que espero encontrarme y poder así desahogar conversaciones pendientes. No sólo eso, si se repite lo de años anteriores, también coincidiré a quienes no planeaba o no quería encontrarme; vienen a mi mente escenas incluso dramáticas en las que, a la vuelta de un stand, me topé con antiguos amores… Algo irónicamente contrario le sucedió a otro amigo en una FIL. Para esas fechas él estaba muy entusiasmado con una chica y después de varios intentos fallidos finalmente consiguió que ella le aceptara una salida. A su decir, ella era muy bonita y distinguida, pero muy fresa. Planeó la cita para comenzar con una visita a la mentada feria. Él notó que ella estoicamente recorrió los pasillos sin voltear a ver un solo libro, a la salida la chica no podía disimular su enojo: “¿A qué lugar me trajiste? ¡No me encontré a nadie y nadie me vio!”. No necesitaron más salidas: obviamente eran incompatibles.

Para muchos, esta semanita es la ocasión de hacer buenos negocios, pese a la consabida merma de mercancía. Los libreros saben que muchos ejemplares quedarán destrozados por el manoseo del público y, por supuesto, muchos otros simplemente desaparecerán, por más sistemas de vigilancia. “Si al menos supiera que en verdad los van a leer, otra cosa sería, pero luego aparecen en los botes de basura”, me comentó un expositor, su teoría es que esto lo hacen las “hordas” de estudiantes de secundaria y prepa que llegan en tremendos camiones y hacen tal alboroto que impiden a los verdaderos lectores disfrutar la vendimia.

Así pues, preparémonos para esta edición: hagamos un espacio en la agenda para ir al menos un par de días; escondamos los libros del año anterior que no alcanzamos a leer (para evitar culpas), busquemos unos cómodos zapatos y compañía para los conciertos. Y muy importante: ensayemos la mejor sonrisa para partir plaza en nuestra feria.

Publicado en el diario el 27 de noviembre de 2009

Tuesday, December 15, 2009

El candidato a doctor y la engrapadora más cara

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)


Su currículum es impresionante: algunas menciones honoríficas, estudios de postrado en una universidad estadounidense de reconocido prestigio. Él trabajó en una oficina de asesores de primerísimo nivel en la administración federal hace casi una década. En suma, tiene una gran experiencia como académico y como consultor. Supongo que cuando consiguió la plaza como profesor huésped de la Universidad de Guadalajara se sintió satisfecho, pese al bajísimo salario.


Perdonen, pero aquí tengo que hacer una pausa a la narración para aclarar algo. Probablemente muchos de ustedes estén pensando que quien tiene una plaza de tiempo completo en la UdeG es privilegiado. Sí lo es porque día con día está en chino conseguir una, lo que resulta muy nocivo para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, porque no existe un relevo generacional. La figura de “asistente de investigación” prácticamente está extinta y hay un número increíble de maestros, doctores y hasta posdoctores esperando conseguir un espacio laboral estable en la casa de estudios. Pero cualquiera que tenga un poco de tiempo podrá comprobar que el salario de la categoría de profesor asistente (en el nivel más alto, el “C”) no supera los seis mil pesos mensuales; estamos hablando de un profesor con licenciatura que, por ley, tiene un horario de 40 horas semanales, de las cuales destina entre cinco y 24 horas a dar clase. Por cierto, en esta categoría no se tiene derecho a recibir “estímulos” de programas federales, lo que en otras representa un complemento de sueldo. Discúlpenme, pero ese salario no es suficiente para pagar una renta de un departamento pequeño, tener un vehículo y mantener una familia, ya no digamos para pagarse cursos de actualización o comprar libros.

El profesor con mayor jerarquía (titular C) gana poco más de 16 mil pesos. A muchas familias mexicanas les puede parecer una suma que aceptarían gustosamente, pero eso es por la gran desigualdad y pobreza en la que vivimos. La cuestión es que hablamos de la máxima categoría, que requiere de estudios de doctorado, publicaciones o productos de investigación que sólo pueden lograrse con una dedicación plena (¡efectiva!) a la labor académica. En universidades de primer mundo, mexicanas privadas o también públicas pero en el Distrito Federal, un profesor con ese perfil obtiene varias veces más ese salario.

Vuelvo a la historia de nuestro Dr.(c), que es el prefijo que ahora suele usarse para quienes concluyeron los estudios de doctorado pero aún no han obtenido el título. El gusto de conseguir la plaza de profesor huésped le duró muy poco. Primero porque tardaron varios meses en comenzar a pagarle, luego porque el salario no le alcanzaba para instalarse apropiadamente en la ciudad, hacerse de un automóvil (ya que el transporte público en Guadalajara es imposible) y mantener a su familia, en la forma en que estaba acostumbrado. Luego porque no llegaron los complementos salariales que pensó que tendría; para sacar adelante la economía familiar comenzó a saturarse de clases adicionales en universidades privadas. Finalmente, jamás tuvo la tranquilidad de sentarse en santa paz en un cubículo de investigación (el que tenía era bastante incómodo, por cierto, y con señal de Internet exageradamente deficiente, lo que resulta trágico para un investigador), así que no concluyó su tesis doctoral y con ello se vinieron abajo sus posibilidades de que la plaza de profesor huésped se convirtiera en una plaza de “a de veras”; es decir, de tiempo completo y estable.

Los tiempos políticos no le favorecieron. Con eso de que las elecciones paralizaron al país, en el terreno de la consultoría tampoco pudo conseguir nada interesante. Un buen día una amistad le ofreció un trabajo temporal en el DF, en una secretaría de estado. La oportunidad se debía a que preparaban las entregas-recepción, así que sólo sería un par de meses. Ahí en esa oficina federal conoció a la engrapadora más cara, posiblemente de todo el mundo. Era por todos sabido que ella estaba ahí gracias a encontrarse muy bien posicionada en el partido en el gobierno. Por el nivel que nos comentó el Dr.(c) en el que ella se desempeñaba, se puede deducir que percibía un sueldo mensual arriba de los 50 mil pesos. En el tiempo que él estuvo ahí, la labor de ella era recibir de manos de otro subordinado (pariente de algún legislador del mismo partido) los reportes o documentos que generaban el Dr.(c) y otros, les ponía una grapa y los pasaba al subsecretario.

Regular los salarios públicos innegablemente es un tema de primer orden para la agenda nacional. Existe una gran inconformidad respecto a una serie de anomalías: exceso de personal público en algunas dependencias (y carencia en otras, se me viene a la mente el ejemplo de los inspectores ambientales), sueldos excesivos de algunos funcionarios que incluso superan el del presidente de la república, desigualdad entre los primeros niveles y los empleados de la base, ingresos disfrazados como bonos u otras prestaciones, opacidad de la información salarial, baja correspondencia entre función realizada y salario, funcionarios poco capacitados, corrupción, etcétera.

Híjole, la verdad es que es bastante complicado. ¿Podríamos tener un poco de fe y esperar que la política de salarios públicos entienda esta complejidad, su objetivo sea resolver los problemas de fondo y no únicamente tomar medidas paliativas para ganar simpatía popular?

Ah, por cierto, después de conocer a la engrapadora más cara, el Dr.(c) decidió que no volvería a trabajar en la administración pública federal, porque en nada se parecía a la experiencia laboral que tuvo cuando su conocimiento y técnica en asuntos de gobierno eran un insumo real para las decisiones públicas.

Publicado en el diario el 20 de noviembre de 2009

Friday, December 11, 2009

La alegría de la casa

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)

Refiere mi amiga que cada vez que escuchaba esa frase (“la alegría de la casa”) ella asociaba inmediatamente la idea con la chava que iba periódicamente a la casa a hacer el aseo; gracias a ella, por ejemplo, mi amiga podía jugar, salir con los amigos, es decir lo que en su hogar solían llamar “güevonear”.

Hace poco tuve la oportunidad de salir de Guanatos el fin de semana y me hospedé en la casa de un amigo. Estaba un poco apenada, como siempre que uno va a casas ajenas, y traté de tener, como decía mi madre, un comportamiento modesto. Recién llegamos al depa me pidió que procurara conservar mis cosas juntas, luego se mostró apenado, “oye, no vayas a creer que soy mala onda, lo que pasa es que la señora que me viene al quehacer es muy especial, ella no entendería que son tus cosas y las acomodaría con la lógica más extraña mimetizándolas con mis cosas… es que no sabes… la de cosas que me ha hecho”.

Gracias a que me hizo ese comentario no me sorprendió en lo absoluto cuando llegué en la noche y tardé más de 20 minutos en encontrar mi maleta. De hecho, me causó inmensa alegría encontrarla cerrada y con todo adentro, lo que significaba que era mi amigo quien la había escondido y no había sido víctima de la mimetización de los objetos…

Lo entendí perfectamente. En una temporada de mi vida, la alegría de la casa sólo me duraba menos de una hora: el tiempo de entrar al hogar percibir el aroma a fabuloso-brisa-de-mar y la hermosa vista panorámica de una cocina sin trastes sucios. Pero después… lo que uno percibía era que todo era sospechosamente parecido pero definitivamente diferente. Entonces la que se mimetizaba pero en un Hulk era yo: “¡¿Dónde habrá dejado… (el cepillo de dientes, la botella de agua, la bolsa de la lavandería, las correas de los perros, etcétera)?! Si yo fuera ella ¿qué pensaría que es el rebanador del queso?”. Después de tales divagaciones comenzaba a sacar rabiosamente todos objetos de los cajones para encontrar mi pijama, o lo que fuera… y entonces la casa siempre estaba desordenada.

Volvamos a mi viaje de fin de semana. Acepté la propuesta de mi amigo de ir a un poblado cercano, a la casa de sus padres, bueno, de su padre, porque su madre había muerto hacía unos meses, me explicó. “Ella era la de la vida social, todos la conocían y querían, tenía tantos ahijados… y mi papá era más hosco. Pero ahora que ella murió siente que tiene qué llenar ese hueco, por eso se esfuerza mucho en tratar muy bien a los invitados”, también me explicó a guisa de disculpa al día siguiente cuando el señor me ofreció gentilmente para desayunar papaya picada, leche, café, tacos de relleno (tradicional de Guerrero), pan de dulce, etcétera.
La versión del padre fue un poco diferente: “Ella murió hace poco y entonces viene una señora que deja todo listo, cocina muy bien, pero el fin de semana se lleva unas cosas a vender al puerto, así que no le tocó probar su comida, disculpará las desatenciones”. Honestamente, no tenía por qué disculparse, yo estaba maravillosamente feliz (más que ricitos de oro) por el buen trato, pero sí con un poco de tristeza por el contexto y entonces entendí a mi madre cuando deja entrever su preocupación si ella muriera antes que mi papá… ¿quién lo atendería?

Y entonces vuelvo a las alegrías de la casa, que de repente están ahí completando el código genético de las familias, como doña Fina, que le quitó una preocupación a mi mamá porque le planchaba hasta el último calcetín a mi hermano cuando tuvo que cambiarse de la ciudad por primera vez. O doña Jose, que llegaba tempranísimo a casa de mi amiga (recién enviudada) preparaba al niño y su equipaje y se iban todos juntos a la tienda: mi amiga a atender al público, doña Jose a una oficina en la parte de atrás donde instalaba el “cuarto del bebé”. O aquella a quien una de mis profesoras dedicaba sus publicaciones, porque gracias a ella podía entregarse a la investigación en ciencia política.

O Violeta, ay Violeta… era genial. Todo limpio, guardaba silencio cuando me veía trabajando, iba al súper, hacía de comer, incluso dejaba todo en trastecitos de plástico para que pudiera llevarlo al trabajo. ¡Tiempos felices! Un día sucedió lo que tenía qué suceder: encontró un trabajo menos ingrato, mejor remunerado, más acorde con sus capacidades. Sufrí mucho, lamenté incluso no ser lesbiana para proponerle matrimonio… pero no, no lo soy, además ni su religión ni la legislación lo hubieran permitido.

De todo lo que uno puede pensar de estas mujeres me gusta recordar una frase, es de ese escritor tan famoso… ¿cómo se llama?... permítanme, por aquí tengo el libro… lo dejé aquí anoche… ¿dónde está? … seguro fue Maricruz… ¿dónde lo habrá puesto? ¡Le dije que no moviera nada en mi escritorio!… ¡¡Maricruz!!


Publicado en el diario el 13 de noviembre de 2009