Tuesday, February 2, 2010

No tan lejano, Haití.

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)

Ahora es Haití… nos ha conmovido en las noticias, le mandamos algunos kilos de ayuda, nos sorprende por sus cifras de pobreza, y poco a poco desaparece de los titulares, los artículos, pronto será una nota esporádica y pequeña en la sección de “Internacionales”.

Hace ya un buen rato, cuando me inscribí a una universidad latinoamericana, ingresaron también tres haitianos (me apresuro a aclarar que afortunadamente no son damnificados del temblor). A poco de comenzar las clases, notábamos su incomodidad cuando se mencionaban los índices de pobreza y su país aparecía en la parte más baja. Evidentemente, tratamos de ser más sutiles y con el tiempo fuimos comprendiendo del todo su sentir. Son las cifras. Un lenguaje abstracto que cubre una realidad compleja; números que muchas veces se usa para llenar espacios en los reportajes, que provoca gestos de alarma… de ahí hay un paso pequeño a la lástima o incluso a la segregación (“el estrato inferior”).

Mis tres amigos haitianos eran privilegiados, me refiero a la naturaleza, su inteligencia era notable. En particular uno de ellos, quien sin duda es de las personas más brillantes que he conocido. A lo largo de dos años platicamos mucho sobre Haití, su gente, idioma, costumbres, comida, historia y política, etc. “Cuando en los cuarenta, Haití le declaró la guerra a Alemania, Hitler -quien jamás había odio hablar de nosotros- extendió el mapa y preguntó: ‘¿pero, dónde está ese país?’ y nunca lo encontró porque la ceniza de su puro había caído justo ahí, ocultándolo”. Esta anécdota que me la contaba, muerto de risa, uno de ellos. Sin duda, también eran privilegiados haitianos, por su nivel educativo, supongo que también social. Hasta la fecha lo son, hicieron el doctorado en Canadá y ahora con lo del terremoto supimos que sus familias están bien, algunas de ellas tiene tiempo que se fueron  a otras partes. No puedo dejar de pensar en esa difícil decisión de migrar a un lugar con más oportunidades debido a las condiciones del lugar propio.

El tema de la pobreza era uno de los principales a estudiar en nuestro programa de entonces. Y sí, vimos muchas cifras, pero la definición prefiero desde entonces es la Dinesh Mehta, que usa el Banco Mundial y otros organismos: “Pobreza es hambre. Pobreza es falta de albergue. Pobreza es estar enfermo y no poder ver a un doctor. Pobreza es no poder ir al colegio, no saber leer, no poder hablar apropiadamente. Pobreza es no tener un trabajo, es temer por el futuro, viviendo un día a la vez. Pobreza es perder un hijo por una enfermedad causada por la mala calidad del agua. Pobreza es impotencia, falta de representación y libertad…”. Esto también nos explica por qué la ayuda humanitaria no llega a los destinatarios pronto, por qué no es una cuestión de donativos, por qué un terremoto no es lo más grave sino lo que les sigue.

Ahora es Haití. Pero no deberíamos tan solo compadecernos de una isla lejana. Nosotros, los lectores que podemos leer el periódico con calma y café en mano, somos una excepción en México. La misma definición de Dinesh Mehta se lee también para más de la mitad de nuestros connacionales. Y no, no son cifras, es una sucesión de eventos en nuestra sociedad, que nos está llevando a ser estructuralmente más vulnerables.

Publicado en el diario el 22 de enero de 2010 

Tuesday, January 26, 2010

Los churros, las mordidas, las visas

La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)

En 1993, el país todavía parecía bien instalado en la “dictadura perfecta”.  Pero en julio, el Estado vendió el canal 13 y entonces apareció TV Azteca. Yo trabajaba cercanamente a investigadores en comunicación social y la noticia nos sirvió de pretexto para nutridas discusiones. No sólo porque fuera interesante todo ese proceso del desmantelamiento del papá gobierno, sino porque resultaba insólito pensar que la televisión en México no fuera monopolio. Uno de los amigos tenía ya tiempo investigando sobre la historia del medio en nuestro país. Él nos hacía referencia de cómo a lo largo del siglo las apariciones de varias propuestas televisivas concluían en fusiones: el monopolio siempre presente. Veía este compañero la posibilidad de que con TV Azteca pasara lo mismo.

Con los años una a una se fueron cayendo las tradiciones del viejo régimen y muchos de nosotros (pobres ilusos de la clase media ilustrada) mirábamos la pantalla chica con esperanza de que la competencia entre dos televisoras subiera la calidad de los noticieros y aportara un poco más de cultura a las grandes masas. Dicen que la ociosidad es la madre de todos los vicios… y las telenovelas son el vicio de todas las madres, por eso nuestra expectativa creció cuando surgieron aquellas como “Nada personal” y “Mirada de mujer”  que sí reflejaba conflictos sociales y de la familia mexicana, estelarizadas por actores profesionales y los malos sólo eran seres humanos, con sus razones y lógica.

Década y media después, resultó que ninguno tenía la razón, ni los escépticos ni los ilusos.
Las cosas en México siempre pueden resultar en algo peor. No se fusionaron las “visas”, pero la competencia en torno a raiting las hizo idénticas. Al pueblo, pan y circo. Se pusieron a la altura de los tiempos: calidad y cultura no encajan con la marginación y los poderes fácticos. Alatorre y López Dóriga son los Zabludovsky de hoy y las telenovelas… Madres, padres, hijos y todos invierten horas de la vida en verlas. “Historias de amor, drama y traición” las define TV Azteca en su sitio web. En ellas, los buenos son inverosímilmente estúpidos, adictos al sufrimiento, a las relaciones disfuncionales y a la abnegación. Ah y absolutamente vulnerables,  física, económica y jurídicamente. Los únicos que piensan son los malos y durante toda la trama se dan una vida de lujo, corrompen, sobornan, delinquen y sólo al final reciben su castigo  (por lo general la muerte, la justicia institucional no está en el guión). Moraleja para novios, esposos, madres e hijos, ciudadanos en general: ahí síganle sufriendo, al final todo se arreglará, y si no, pues siempre queda la posibilidad de ir al cielo.

Pero bueno, no debería sorprenderme, los dueños de las “visas” no son como sus personajes malvados, sólo venden lo que se compra. Pero sí hay algo que me preocupa: la delgada línea entre ficción e información para el gran teleauditorio. En las telenovelas, los médicos son el gremio más corrupto: mienten, cambian resultados de exámenes y asesinan. Tampoco conocen el concepto de especialización (¿como el Dr. Símil?), un mismo médico atiende a cancerosos, cardiópatas, parturientas y enfermos de la vista. Algo por el estilo sucede en los problemas jurídicos de los personajes, nadie parece conocer lo más mínimo del derecho. La salud y la justicia entonces pertenecen a lo mítico, son una cuestión de suerte o magia… Amor, drama y traición, una sociedad de novela.


Publicado en el diario el 15 de enero de 2010 

Tuesday, January 19, 2010

Cuestión de vocación

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)

En un pueblo vivía un hombre que sabía mucho de medicina, había estudiado algo, y todos lo consultaban. Tenía buena reputación. Un día llegó de la ciudad un joven médico, recién titulado. Uno y otro se cruzaban a veces en la plaza y el joven solía decirle al lugareño: “Adiós, médico sin título”. El otro respondía: “Adiós, título sin médico”.

E sonríe cuando escucha esta historia, es porque le recuerda a sí misma. Uno de sus anhelos es haber estudiado medicina. En cuanto tuvo edad suficiente para pasar desapercibida en el hospital cercano a su casa, E a escondidas recogía las charolas de comida que ya habían desocupado los enfermos y las ponía en lo carritos. Cuando las enfermeras descubrían que las había ayudado no podían dejar de reprenderla por un lado pero también agradecérselo. Con el paso del tiempo no era sólo eso, sino que fue aprendiendo la profesión. Fue así como ingresó a trabajar ya como enfermera. Dice que sus desajustes de sueño comenzaron en aquella época, porque tomaba siempre los turnos nocturnos. A diferencia de sus compañeras y residentes, ella no dormitaba ni un segundo. Fue su constancia y responsabilidad la que sin duda la llevaron a ser jefa de enfermeras en su piso del hospital.

De esta época E guarda buenos recuerdos. Constató, una y otra vez, la mala memoria de las parturientas, quienes juran durante el alumbramiento no volver a embarazarse, pero que se las ve de nuevo al año siguiente, a punto de dar a luz. También le tocó atender a un borracho que por su propio pie se bajó de la camilla de la ambulancia, echando a todos las peores maldiciones y deteniéndose con las manos las tripas que le asomaban por la herida del abdomen. También que ella era la única que se atrevía a atender al hombre quemado, víctima de un terrible accidente laboral, cayó en el chapopote caliente de los pavimentos.

Sin embargo, no fue en el hospital donde E atendió su caso más importante. Un día le llegó el amor y consiguientemente el matrimonio, fue así como dejó el nosocomio y su cofia de jefa, para irse con él a una población rural; el mismo lugar donde él, como médico, había hecho su servicio social. En realidad resultó ser no tanto una población sino una aldea en condiciones tremendamente precarias, en una costa al sur del país. En pocos meses E se adaptó a su nueva vida, juntó un grupo de señoras a quienes enseñó primeros auxilios y los principios de enfermería y también ayudaba a su marido con la consulta. “Médica”, le decían algunos. Una noche, justo cuando su esposo había enfermado, fue a buscarla un hombre desesperado para suplicarle que atendiera el parto de su mujer, de manera urgente. Con la escasa luz de una velas y lo poco que en la choza había, E sacó al producto (así se le llama al recién nacido en el argot médico). El movimiento de una pinza reventó una arteria de la madre y la sangre brotó con fuerza. Estuvo al borde de la muerte, refiere E, cuando lo dice se le nota la angustia de lo vivido pero también el orgullo de haberlos salvado. El hombre, como agradecimiento y pago por sus servicios, le dio cuantas paletas de hielo se le antojaran a E y su marido, a eso se dedicaba, no tenía más recursos.

El 6 de enero es el día de las enfermeras. Demasiado pegado a los festejos del fin de año… Pero ya que ellas no tienen empacho en levantarse a medianoche, cualquier día es bueno para reconocerles su labor.


Publicado en el diario el 9 de enero de 2010