(Publicado en Ocio, Público, Milenio, 24 de julio de 2009)
Me encontraba a punto de pagar la cuenta, disfrutando del último trago de café con leche. De reojo noté que una chava, pulseritas huicholas en mano, se aproximaba. Puse cara de invisibilidad (o distracción, ya no sé), parece que funcionó porque ella se dirigió a la mesa contigua. El rollo que soltó fue un poco diferente a los acostumbrados, dijo: “Soy campeona nacional de ópera, pero los que nos dedicamos al arte no recibimos ningún apoyo, mucho menos del gobierno”. Me pregunté si era verdad. Como era corpulenta no me costó trabajo imaginarla vestida de valkiria. Ustedes perdonarán el esterotipo pero no soy muy adepta a la ópera, por eso mismo puse rápido el dinero sobre la mesa y me escabullí temiendo que ella entonara una nota altísima para detenerme, repitiera el discurso y me enjaretara algunas pulseras que jamás usaría.
Lo cierto es que los artistas lo pasan mal, todos lo sabemos, pero de ahí a que tengan que unirse a los mendicantes… Si de por sí enfrentan la posible extinción de los consumidores de cultura, en la calle lidiarían con la feroz competencia por las pocas monedas, que los asalariados tratamos de administrar entre viene-viene’s, ancianitos, discapacitados, limpiaparabrisas, tragafuegos, otros malabaristas, vendedores, etc., etc.
Curiosamente, los que menos piden son los que realmente viven en la calle, es decir quienes sí duermen en una banca, se instalan en algún quicio de un edificio o deambulan llenos de tiliches por ahí. Dudo que haya alguien quien no sienta curiosidad por esas vidas o incluso adopte mentalmente a alguno. Una amiga se alegraba de encontrar al suyo, que llevaba una trompetita que a veces tocaba, fue él quien la ayudó en un accidente vial. El de otra amiga se lo encontraba lo mismo en periférico sur que en el centro, llevaba consigo una montaña de cosas, tal vez temía a que se las robaran. El de mi madre es genérico, es decir, cuando viaja en autopista pone atención hasta que encuentra a su “indigente” que va caminando sin que ella encuentre una explicación de a dónde va o cómo llegó a la vía de alta velocidad, que con frecuencia está bastante alejada de los otros caminos o pueblos. En el parque de Analco me tocó ver una pareja de ellos (hombre y mujer), quienes dormían abrazados en una banca, tan plácida y amorosamente que me atreví a tomarles una foto. Guardé la imagen en mi computadora con el título de “aspiración”, lo cual sin duda es una exageración, pero confieso que sí me causaron un poco de envidia.
Aunque realmente mi vagabundo no es ése. Fue hace ya algunos años, cuando todavía trabajaba en una oficina de asesores de nuestra Casa de Estudios; bueno, la palabra “trabajar” queda algo corta, a ratos me sentía como prisionera o, en el mejor de los casos, bombera. Mi hermano me pidió que lo acompañara al DF porque elaboraba un proyecto de una biblioteca pública (él es arquitecto), después de mucho renegar fui con él en un viaje express bastante pesado. Cuando ya íbamos saliendo de la ciudad, con la esperanza de llegar a Guanatos con luz de día, nos topamos con el típico embotellamiento capitalino. Íbamos en silencio, atrajo nuestra atención un indigente con el cabello apelmazado, quien usaba un saco fino pero evidentemente sucio. “¿Ves ese señor?”, me dijo mi hermano, “pues fíjate que él solía trabajar de asesor de un rector, por eso quedó así”. El auto avanzó y mi mirada se cruzó con la del sujeto… tal vez esa imagen algo influyó el día que renuncié.
Tuesday, August 4, 2009
Sunday, July 26, 2009
Por la pequeña ventana
(Publicado en Ocio, Públio, Milenio, 17 de julio de 2009)
Se preguntó si era una cuestión de edad, si más o menos a todos les llega a ocurrir. Pensaba por ejemplo en La buena vecina, la novela de Doris Lessing, en la que al personaje le viene de pronto un dolor tremendo en la espalda que la deja literalmente postrada en cama por varios días y debió suspender no sólo sus actividades laborales sino las visitas amistosas/altruistas a una ancianita amargada. V no había llegado a ese extremo, pero comenzó a batallar también con la espalda y movilidad general de las extremidades superiores. Le sorprendía la reacción de los otros. Cuando ella compartía su desazón o bien comenzaban a narrarle episodios desde similares hasta de infierno dantesco, o bien le propinaban una serie de consejos, remedios e interrogatorios sobre sus actividades personales y su capacidad de manejo del estrés. Tampoco le faltaban los bibliazos, es decir, los mensajes de optimismo extremo, obvios e inútiles, que llegan en un momento de particular desesperación, produciendo un efecto inverso a la intención de su emisor.
Es cierto que el tiempo es poderoso, al paso de los meses V fue descubriendo que el dolor y la incomodidad podían ser un estilo de vida. Pensaba en la película Mar adentro, en la escena en la que el cuadraplégico se imagina que se levanta y sale volando por la habitación… ella entonces se decía que bastaba con una ventanita para seguir viviendo.
La primera impresión que le dio R fue que era tímido. Además el tipo tenía buen porte y carácter afable. Una noche salieron con un grupo de amigos, en el lugar un grupo tocaba blues y rock, se trataba de una banda local que tenía a sus admiradores en primera fila. Después de un par de cervezas, R disimuladamente se fue a parar frente al escenario y comenzó a bailar solo, hecho que por supuesto fue celebrado por los amigos, pero que a V le dio algo de pena porque el hombre era demasiado desinhibido. Usó ese pretexto para ir a acompañarlo, animada también porque el grupo en verdad tenía feeling. A las cuantas rolas, V estaba cansada e hizo un alto para cerveza, pero R siguió ahí bailando, además no faltaron mujeres quienes sucesivamente y luego en trío se pararon a hacerle compañía.
Durante el periodo en el que V y R se siguieron viendo, escenas similares fueron aconteciendo y a V le fue creciendo la admiración por ese hombre. Un día en el que V se sentía fatal y porque su organismo le negó poder estar sentada, así como mover el brazo derecho y a ratos el izquierdo, no le quedó de otra que salir a caminar para ver si se componía un poco. Pasó por un bar, había música así que pensó pudiera encontrar a R. En efecto, ahí estaba, en la barra platicando con una chica que se quejaba de que su mejor amigo la había desatendido por ligar con otra, de mayor nivel de alcoholización y también de peso. Al ver a V, R sonrió y le hizo un gesto de invitarla a bailar. Por el malestar que sentía V pensó en negarse, pero el grupo comenzó a tocar la más famosa canción de Santana, así que decidió intentarlo e inventar cuanto paso pudiera realizarse usando solo las piernas caderas y brazo izquierdo. Llegó un momento en que se acercaron a bailar con R otras personas, incluida la chica, su amigo y la gordita. V comenzó a entender el momento. Se acordó de la ventanita. Se apartó un poco del resto y bailó feliz por su cuenta. En un segundo que buscó a R con la vista, descubrió que ya no estaba en la pista sino sentado en la mesa mirándola fascinado. Fue la última vez que bailó con él y sin duda, la mejor.
Se preguntó si era una cuestión de edad, si más o menos a todos les llega a ocurrir. Pensaba por ejemplo en La buena vecina, la novela de Doris Lessing, en la que al personaje le viene de pronto un dolor tremendo en la espalda que la deja literalmente postrada en cama por varios días y debió suspender no sólo sus actividades laborales sino las visitas amistosas/altruistas a una ancianita amargada. V no había llegado a ese extremo, pero comenzó a batallar también con la espalda y movilidad general de las extremidades superiores. Le sorprendía la reacción de los otros. Cuando ella compartía su desazón o bien comenzaban a narrarle episodios desde similares hasta de infierno dantesco, o bien le propinaban una serie de consejos, remedios e interrogatorios sobre sus actividades personales y su capacidad de manejo del estrés. Tampoco le faltaban los bibliazos, es decir, los mensajes de optimismo extremo, obvios e inútiles, que llegan en un momento de particular desesperación, produciendo un efecto inverso a la intención de su emisor.
Es cierto que el tiempo es poderoso, al paso de los meses V fue descubriendo que el dolor y la incomodidad podían ser un estilo de vida. Pensaba en la película Mar adentro, en la escena en la que el cuadraplégico se imagina que se levanta y sale volando por la habitación… ella entonces se decía que bastaba con una ventanita para seguir viviendo.
La primera impresión que le dio R fue que era tímido. Además el tipo tenía buen porte y carácter afable. Una noche salieron con un grupo de amigos, en el lugar un grupo tocaba blues y rock, se trataba de una banda local que tenía a sus admiradores en primera fila. Después de un par de cervezas, R disimuladamente se fue a parar frente al escenario y comenzó a bailar solo, hecho que por supuesto fue celebrado por los amigos, pero que a V le dio algo de pena porque el hombre era demasiado desinhibido. Usó ese pretexto para ir a acompañarlo, animada también porque el grupo en verdad tenía feeling. A las cuantas rolas, V estaba cansada e hizo un alto para cerveza, pero R siguió ahí bailando, además no faltaron mujeres quienes sucesivamente y luego en trío se pararon a hacerle compañía.
Durante el periodo en el que V y R se siguieron viendo, escenas similares fueron aconteciendo y a V le fue creciendo la admiración por ese hombre. Un día en el que V se sentía fatal y porque su organismo le negó poder estar sentada, así como mover el brazo derecho y a ratos el izquierdo, no le quedó de otra que salir a caminar para ver si se componía un poco. Pasó por un bar, había música así que pensó pudiera encontrar a R. En efecto, ahí estaba, en la barra platicando con una chica que se quejaba de que su mejor amigo la había desatendido por ligar con otra, de mayor nivel de alcoholización y también de peso. Al ver a V, R sonrió y le hizo un gesto de invitarla a bailar. Por el malestar que sentía V pensó en negarse, pero el grupo comenzó a tocar la más famosa canción de Santana, así que decidió intentarlo e inventar cuanto paso pudiera realizarse usando solo las piernas caderas y brazo izquierdo. Llegó un momento en que se acercaron a bailar con R otras personas, incluida la chica, su amigo y la gordita. V comenzó a entender el momento. Se acordó de la ventanita. Se apartó un poco del resto y bailó feliz por su cuenta. En un segundo que buscó a R con la vista, descubrió que ya no estaba en la pista sino sentado en la mesa mirándola fascinado. Fue la última vez que bailó con él y sin duda, la mejor.
Saturday, July 25, 2009
De hippies a expertos
(Publicado en Ocio, Público, Milenio, 3 de julio de 2009)
En un curso pasado puse a mis alumnos un ejercicio de simulación de una negociación colectiva. Siempre son divertidas estas actividades debido a que, por lo general, todos adoptan enseguida su papel y se arman buenas controversias. En aquella ocasión, a uno de los compañeros bastante calladito le tocó representar a una ONG (organización no gubernamental). Cada vez que el chico intentaba decir algo, alguno le gritaba: “¡cállate hippie!”. Aguantó un rato, pero ya desesperado, comenzó a alzar la voz para hacerse escuchar. A lo largo del semestre, alguno se acordaba del asunto, le volvían a llamar hippie y todos reían. Lamento confesar que a mi también me hacía un poco de gracia, porque el sentido del humor mucho se basa en la semejanza con la realidad. Otra escena, prestada de la televisión, un capítulo de la serie La ley y el orden. Una de las agentes fue comisionada para infiltrarse en una ONG ambientalista, porque sospechaban que este grupo podría estar planeando acciones terroristas. De nuevo estaba ahí el estereotipo: el grupo vivía en una “comuna” contemporánea, de gente más apasionada que racional, que lucha por un ideal irrealizable.
Viéndolo bien, más que gracioso el asunto es un tanto indignante, y ese prejuicio nos lleva exactamente a lo que tenemos, una apatía generalizada en una supuesta democracia. Con un grupo de académicos nos vimos en la situación de exponer argumentos científicamente sustentados acerca de lo erróneo y peligroso de una decisión pública en el tema de agua potable, eran evidentes los riesgos de impacto para el ambiente, la salud humana y la economía. Sucedió después que se formaron redes de colaboración con activistas ambientales locales. Yo los admiro mucho a unos y otros, no es cualquier cosa mantener un propósito, cumplir una agenda, sobrevivir a una sociedad poco cooperativa, y además trabajar como el resto de los mexicanos. La autoridad pública no piensa lo mismo, parece más bien esmerada en demeritarnos, tanto a activistas como a académicos.
Lo que más me impresiona es el hecho de que otros países de Latinoamérica, que antes eran comparables con nosotros como “potencias emergentes”, tienen una presencia mucho mayor de organismos de la sociedad civil (Brasil, por ejemplo). Para sus gobiernos las ONG’s representan una ayuda no sólo para la elaboración de mejores políticas, sino también para facilitar su instrumentación.
Sólo para amargar un poco el estereotipo, dos escenas más. Quien hace algunos años visitaba el parque nacional del Popocatépetl-Iztacíhuatl, era porque pasaba por ahí, se detenía a hacer del baño y se tomaba una foto con el paisaje de fondo. Ahora, con la labor de PRONATURA puede visitar las hectáreas exitosamente reforestadas, el vivero-museo para entender este proceso, hacer una larga caminata (aún si va en silla de ruedas), y por supuesto un picnic en la zona de parrillas. La última es de la WWF (World Wildlife Fund). En sus oficinas centrales en Washington, D.C., se diseña la estrategia de acción para contribuir a mitigar, detener y prevenir los efectos del cambio climático; ahí se coordinan trabajos de investigación científica y de asesoría especializada para tomadores de decisiones. En estos días, ellos y otros organismos de la sociedad trabajan intensamente en torno a la iniciativa de Obama para la reducción de las emisiones de efecto invernadero.
Nada que ver con el bioterrorismo, ¿verdad?
En un curso pasado puse a mis alumnos un ejercicio de simulación de una negociación colectiva. Siempre son divertidas estas actividades debido a que, por lo general, todos adoptan enseguida su papel y se arman buenas controversias. En aquella ocasión, a uno de los compañeros bastante calladito le tocó representar a una ONG (organización no gubernamental). Cada vez que el chico intentaba decir algo, alguno le gritaba: “¡cállate hippie!”. Aguantó un rato, pero ya desesperado, comenzó a alzar la voz para hacerse escuchar. A lo largo del semestre, alguno se acordaba del asunto, le volvían a llamar hippie y todos reían. Lamento confesar que a mi también me hacía un poco de gracia, porque el sentido del humor mucho se basa en la semejanza con la realidad. Otra escena, prestada de la televisión, un capítulo de la serie La ley y el orden. Una de las agentes fue comisionada para infiltrarse en una ONG ambientalista, porque sospechaban que este grupo podría estar planeando acciones terroristas. De nuevo estaba ahí el estereotipo: el grupo vivía en una “comuna” contemporánea, de gente más apasionada que racional, que lucha por un ideal irrealizable.
Viéndolo bien, más que gracioso el asunto es un tanto indignante, y ese prejuicio nos lleva exactamente a lo que tenemos, una apatía generalizada en una supuesta democracia. Con un grupo de académicos nos vimos en la situación de exponer argumentos científicamente sustentados acerca de lo erróneo y peligroso de una decisión pública en el tema de agua potable, eran evidentes los riesgos de impacto para el ambiente, la salud humana y la economía. Sucedió después que se formaron redes de colaboración con activistas ambientales locales. Yo los admiro mucho a unos y otros, no es cualquier cosa mantener un propósito, cumplir una agenda, sobrevivir a una sociedad poco cooperativa, y además trabajar como el resto de los mexicanos. La autoridad pública no piensa lo mismo, parece más bien esmerada en demeritarnos, tanto a activistas como a académicos.
Lo que más me impresiona es el hecho de que otros países de Latinoamérica, que antes eran comparables con nosotros como “potencias emergentes”, tienen una presencia mucho mayor de organismos de la sociedad civil (Brasil, por ejemplo). Para sus gobiernos las ONG’s representan una ayuda no sólo para la elaboración de mejores políticas, sino también para facilitar su instrumentación.
Sólo para amargar un poco el estereotipo, dos escenas más. Quien hace algunos años visitaba el parque nacional del Popocatépetl-Iztacíhuatl, era porque pasaba por ahí, se detenía a hacer del baño y se tomaba una foto con el paisaje de fondo. Ahora, con la labor de PRONATURA puede visitar las hectáreas exitosamente reforestadas, el vivero-museo para entender este proceso, hacer una larga caminata (aún si va en silla de ruedas), y por supuesto un picnic en la zona de parrillas. La última es de la WWF (World Wildlife Fund). En sus oficinas centrales en Washington, D.C., se diseña la estrategia de acción para contribuir a mitigar, detener y prevenir los efectos del cambio climático; ahí se coordinan trabajos de investigación científica y de asesoría especializada para tomadores de decisiones. En estos días, ellos y otros organismos de la sociedad trabajan intensamente en torno a la iniciativa de Obama para la reducción de las emisiones de efecto invernadero.
Nada que ver con el bioterrorismo, ¿verdad?
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