Monday, September 28, 2009

¡A quemar! Se ha dicho

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)



La frontera entre realidad y literatura es tan difusa como la del mar y la playa. Fue eso lo que metió en problemas a mi amigo V. Eso y su talento nato.

Conocí a V en un taller de literatura. En menos de dos sesiones nos había cautivado con sus narraciones frescas, divertidas y de finales sorpresivos. El no vive en Guadalajara, tal vez por eso disfrutaba yo más sus cuentos, porque me llevaban a una realidad más campirana, es decir, con menos claxon y más espacio. También era por su tono de voz, típico de su región, que le ponía un sabor adicional a la lectura en voz alta de sus textos. Desde que me salí del taller, mi contacto con V ha sido esporádico. Pero un día recibí una llamada suya, el hombre estaba bastante alarmado porque había recibido un citatorio para comparecer ante la autoridad de su pueblo. “¿Te acuerdas de que hace tiempo te dije que había escrito un cuento que me habían cuestionado en el taller? Ese cuento habla de una señora que estaba muy frustrada porque su marido no la atendía bien y pues dice algunas frases medias fuertes. Y bueno, estando ahí en el pueblo con unos amigos tomándonos unas cervezas, se me ocurrió leérselos y pues uno de los pelados se enojó porque dijo que eso no era un cuento, que estaba yo ventilando su vida y la de su mujer. El amigo éste ya hizo un escándalo por aquí, con la señora, con su familia, con todo el mundo. Me dijo que me iba a demandar por difamación y pues por eso me llegó el citatorio”. Me imaginé a V compareciendo ante un feroz tribunal, haciendo poéticas disertaciones sobre arte y realidad. Lo que hubiera sido un lindo cuento sobre V y sus paisanos, tal vez en la realidad no hubiera sido tan agradable, por eso me alegré de que sus acusadores no se presentaran a la audiencia y todo terminara en el consejo del juez a V de que fuera más cuidadoso en lo sucesivo.

Literatura y realidad son dos competidores insaciables, se juegan a las carreritas en inverosimilitud pero también en tiempo. ¿Quién imita a quién? La ciencia ficción suele resultar, a la larga, aterradoramente profética. A mi me encanta este binomio, por ello me alegró saber que este mes tendríamos en Guadalajara un big-read, que estaríamos conmemorando a Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Me alegró más cuando por suerte  me regalaron el libro, y éste consiguió atraparme (desvelarme) durante los días siguientes. Si bien, Bradbury no consideró la existencia de las computadoras y el Internet, describe una realidad aterradora pero factible: un mundo con tal exceso de información, tecnología mediática y velocidad que los libros se vuelven innecesarios. También socialmente indeseables, porque despiertan conciencias y de ahí a la subversión hay un paso. Por eso hay que quemarlos y son los bomberos quien lo hace (en una ciudad a prueba de incendios, perdía sentido su misión y encontraron una nueva). Los zombis de una sociedad así, lamentablemente no se me parecen tan distintos de los que puedo ver en las calles, tampoco el desdén por el conocimiento o el imperio de su majestad el raiting. En lo que temo que tal vez la realidad pueda ganarle a Bradbury es algo peor que el régimen de absoluto control que vigila a los ciudadanos. Tal vez influida por el México contemporáneo, le temería más a un futuro eternamente anárquico. Ya veremos quién vence si la ficción o la realidad… En tanto, disfrutemos del big read. Por si las dudas, conjuremos el futuro rescatando alguno de los ejemplares olvidados del librero y quememos, pero algunas horas de tedio.



Publicado en el diario el 18 de septiembre de 2009 

Monday, September 21, 2009

Septiembre, mes ¿qué?

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)



Pensé que por ser septiembre podría hablar un poco de la patria. No en el sentido aquel de “banderita, banderita, banderita tricolor…” Lo que me pregunté era qué podía significar ahora ser mexicanos, la patria pues. Me quedé en blanco. Sin duda, del mismo color pondría un pez los ojos si le pidieran que definiera “agua”. No pude cambiar de tema, tal vez por el bombardeo publicitario, la selección nacional en su búsqueda de participar del mundial o los continuos spots del presidente (¿quién iba a decir en lo que se convertiría aquel ritual que nos estropeo los primeros de septiembre de nuestra infancia?). O porque olvidando un poco los granadazos michoacanos, gran parte de nosotros iremos a festejar la noche del 15 y haremos gala de algo que sin duda es parte de la identidad nacional: la exuberante y excesiva gastronomía, que a veces parece ser el centro y finalidad de cualquier reunión. Pero, el sentido de “nación” no puede limitarse a un día del año.

No me atrevo a dar una respuesta, pero pienso en quién sí podría tenerla: los que se fueron, aquellos a quienes aquel estribillo de “si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido…” les hace sentido e incluso llorar. Los migrantes, quienes cada que pueden regresan de visita y en una larga travesía llegan a sus pueblos de origen, cargados de maletas de ropa y souvenirs que compraron de a kilo en los outlets  y yardas norteamericanas, lo que reparten a los parientes que se quedaron por acá. ¿Cómo ven al país cuando vuelven los paisanos? Conozco familias que, al venir, parecen no ver al México que los echó (el país que no les dio condiciones de vida o no les ofreció futuro), por el contrario, suelen hablar bien del “progreso” del país, sonreír  cuando ven alguna franquicia transnacional e interpretarlo como una mejora en la calidad de vida. Pero no vienen de vacaciones a visitar la modernidad, lo que buscan es un poco del México que dejaron, los lugares típicos, la música ranchera, una tarde en la plaza del pueblo, y por supuesto, pasar revista a viejos amigos: un país a blanco y negro, de película de Pedro Infante.

En muchos sentidos es irónico que los que se fueron amen y entiendan a la patria más que los que nos quedamos. Porque la primera generación de migrantes acaba no siendo ni de aquí ni de allá y la vida sólo les va a alcanzar para heredarles a los hijos un poco de nostalgia y un español a la larga pocho. Porque no tan fácilmente dejan de cumplir la promesa de mandar una parte de su salario al país, con la esperanza que los se quedaron vivan mejor, o estudien, o se compren una propiedad y todo eso pocas veces ocurre.

Para colmo, ellos migraron a un país cuyos ciudadanos de manera espontánea (no sólo un mes al año) cuelgan banderas por doquier. Además de nacionalistas, los vecinos del Norte presumen ser fraternos, lo que tal vez nuestros connacionales perciban al principio como falso, pero a lo que se van acostumbrando conforme le van viendo los resultados. Es la peor de las ironías, porque, aunque nos digamos lo contrario, somos la sociedad en donde nos timamos unos a otros, en donde un mexicano le cobra a otro una cantidad exorbitante por pasarlo ilegalmente la frontera y lo deja a mitad del desierto ¡de este lado del río Bravo! Un país en donde para ser rico hay que venderle a los pobres a precio de oro en abonitos. Es septiembre y uno de los peores en mucho tiempo, pero si queremos hacer patria… podríamos ensayarle un poquito la autocrítica o mejor aún, a ser solidarios, pero de a neta.

(Publicado el11 de septiembre de 2009) 

Monday, September 14, 2009

De espaldas al pizarrón

(La Ruda Realidad, columna semanal de Ocio - Público, Milenio)


Al menos ya pasó lo peor. Por ahora. Los primeros días de clases. Mi mala memoria no me ayuda a prevenir a que cada semestre me angustiaré de la misma manera. Podrán decir que es perfeccionismo, pero en verdad no lo es, simplemente no puedo concebir la escena de pararme ahí ante el grupo sin la menor idea de qué tratará la clase, por eso hago programas en donde sesión por sesión se establecen los temas. Me pregunto cómo lo hacen los demás. Dicen que ser profesor es una labor solitaria porque está uno ahí con el grupo sin saber si está haciéndolo bien. Además el sistema educativo público, en términos reales no nos evalúa o si lo hace no hay consecuencias. Por eso hay profesores que llegan a improvisar, a sacar sus frustraciones personales,  a extorsionar a los chavos, o que simplemente no van.


La segunda angustia es pueril. Pánico escénico. Me imagino entrando al salón de clases donde alumnos-robot me juzgan y descubren al instante todos mis errores. Con sus preguntas sagaces hacen que mi cerebro busque sin éxito la información en los archivos más recónditos, mientras me lamento por no haber puesto atención o entrado a la clase o leído el libro donde debí aprenderlo. En la pesadilla, yo trato de improvisar, pero ellos no se inmutan, preguntan más y más, hasta que no me queda otra que disculparme y retirarme del aula. Por suerte eso jamás ha ocurrido, en cuanto los veo y nos saludamos, el miedo desaparece. A la larga algunos de ellos serán mis becarios, o mejor aún, colegas y amigos.


La tercera angustia es la peor de todas. Ya en clase, acostumbro a hacer pausas para hacerlos participar, por lo general hago preguntas muy elemental u obvias. No sé si falla mi percepción, pero cada semestre los alumnos saben menos. Lo peor es intentar leer lo que redactan. Antes les pedía trabajos de investigación, no tenía sentido porque ya es práctica común bajar trozos completos de Internet, el famoso copy&paste. Ahora les hago exámenes y no me queda de otra que horrorizarme, no digamos por las faltas de ortografía, sino por la incongruencia y a veces notoria incapacidad de ligar dos ideas. Les parecerá mounstroso lo que voy a decirles: hace ya un rato me di por vencida en cuanto a corregirlos; los califico y punto. Discúlpenme, supera mi capacidad. Sus errores son estructurales, vienen no sólo desde la primaria sino incluso de una ignorancia colectiva.


Lamentablemente me toca estar al final del tubo, en el nivel universitario, soy copartícipe del egreso de profesionistas... de papel. Como la médico que me atendió en el área de urgencias de un hospital según esto nice, la chica no tenía ni idea de cómo explorarme. Me había pasado un taxi encima del pié (quien, por cierto, ignoraba el para qué de las rayas amarillas y creía que al tener el “siga” podía dar vuelta a toda velocidad sin fijarse). La doctora no podía explicarme si tenía un esguince o no, a falta de palabras hacía gestos con las manos ilustrando el tirón que yo había sufrido. Yo me porté como una paciente-robot y con base en preguntas específicas e incisivas logré que admitiera que no sabía y que se fuera a hablarle a otro médico, el cual regresó y, usándome de ejemplo, le dio una lección de cómo hacer la exploración y cuál era el diagnóstico.


Los primeros días del ciclo escolar son para mi siempre así. Para colmo, las noticias me refuerzan la cuarta angustia: que la ignorancia se va convirtiendo en la epidemia del país.

Publicado el 28 de agosto de 2009